MASONERÍA AL DÍA / Manuel Romo Sánchez expone en encuentro “Chiloé Oculto”

Manuel Romo Sánchez expone en encuentro “Chiloé Oculto”

09-02-2026


El Diccionario de la Brujería en Chiloé es una recopilación de palabras especializadas, recogidas de los libros que pudieran haber tenido conexión con el tema, que se remontan a los años noventa.

Su autor, Manuel Romo, se concentró en el vocabulario especializado atribuido a la brujería. Allí encontró palabras y conceptos compartidos por huilliches y criollos, y otras que eran exclusivas de la lengua original del territorio.  

Es así como leyó a Agustín Álvarez Sotomayor, a Galvarino Ampuero, Alejandro Cañas, Renato Cárdenas y Carlos Trujillo, Umiliana Cárdenas, Francisco Cavada, Constantino Contreras, Mauricio Marino y Cipriano Osorio, Evaristo Molina, Elena Quintana, Rogel Santibáñez y Nicasio Tangol. 

Como los temas suelen caer por casualidad en manos de sus autores, un buen día cayó en las manos del autor, un modesto folleto de 40 páginas, dado a las prensas por la imprenta Ponce Hermanos, en 1908, con el título “Los brujos de Chiloé: célebre proceso del juzgado de Ancud. Declaraciones de los reos”. 

Su lectura lo conmovió, porque esta pequeña recopilación daba cuenta de un proceso que había llevado adelante la autoridad política, liberal y racionalista, buscando la desaparición de diversos aspectos de la cultura tradicional chilota y la imposición de modelos distintos a aquellos concebidos por el pueblo de Chiloé para explicarse su realidad. Inspirados en motivos distintos, todos ellos habían contribuido a preservar creencias y léxico distintivos de la cultura chilota, algunos desaparecidos por influencia de la penetración cultural occidental, pero otros sobrevivientes, a pesar de todo.


En el libro, el lector podrá encontrar términos que permitían camuflar la actividad que en realidad se practicaba, como,  por ejemplo, el llamar “agente de seguros”, al individuo que, enviado por los brujos, cobraba contribuciones a cambio de protección; o decirle “alguacil”, a quien cumplía funciones de mensajero de las autoridades de la brujería. 

Otros especialistas entre los brujos eran el “artillero”, persona que tenía la capacidad de ejecutar sentencias de muerte lanzando maleficios desde grandes distancias; y el “flechero”, que era quien efectuaba las prácticas de venganza y los maleficios.

En cuanto a la actuación misma para hacer el mal, se hablaba de el “balazo”, es decir, el maleficio que se lanzaba desde largas distancias; el “bebedizo” o el “bocado”, que no eran sino venenos.También existía el “cutrantún”, un mal que hacían tirándolo por medio de un canuto que soplaban en dirección a su víctima. 

Un instrumento que llama la atención era el “challanco”, un aparato que se decía usaba el jefe de los brujos, para identificar al causante de la enfermedad que afligía a quien acudía a él en busca de justicia. Para unos, el challanco solo era un lavatorio con agua; para otros, un espejo, una bola de vidrio, una piedra transparente o una tapa de botella de vidrio. Este artefacto, como tendrán ocasión de averiguar quienes lean el libro, también lo usaban los mapuches, de acuerdo a lo que relataba el cronista Diego de Rosales en el siglo XVII.

Al finalizar su presentación el autor agradeció a Mewo Studio, y en particular a Francisco K. Pérez Ortiz, por su interés en publicar una tercera edición del diccionario de brujería en Chiloé, y a Héctor Contador, quien nos puso en contacto.