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Recientemente se llevó a cabo la presentación del nuevo Libro “Tres Políticos Muertos” del galardonado narrador Eduardo Soto. y que fue organizada por Hermanos de Letras Laicas

En la jornada, analizando la novela, participaron la cineasta Maité Alberti y el periodista Toño Freire. Referido al desarrollo del relato policial en el país, reproducimos texto de este último.

Crónica de Toño Freire

Aunque ya ha sido expresado, dado que el contenido de su flamante libro policial connota la experticia de sus oficios, reiteremos que Eduardo Soto Díaz fue periodista, profesor de filosofía, abogado y que en esa triada, en Santiago, se desempeñó en los diarios Ultima Hora, Clarín, Puro Chile, Instituto Superior de Comercio y, en el sur del país, procedió como juez de policía local, notario y conservador de bienes raíces.

Necesario también es señalar que en su rol de narrador policial se trata de un creador del presente siglo. Circunstancia comprobable en el Registro de Propiedad Intelectual ya que, entre otros títulos, en 2004 debutó con En la oscuridad del miedo; el 2006, Tras las nubes habitan los ángeles; el 2007, La muerte de un notario y otras muertes; el 2009, El Orden de los brujos, ambientada en Vichuquén. Enseguida vendrían Un paraíso imperfecto, con desarrollo rural en la séptima región, más tarde Teresa la tigresa, que lo tienta a incursionar en el género negro citadino, hasta sorprendernos ahora con sus Tres políticos muertos, convertidos en indescifrables cadáveres en frondosos parajes maulinos.

Me he detenido detallando su producción porque son aquellos antecedentes los que exhiben a Soto como un literato representativo del Tercer Milenio y, además, un conocedor exquisito de los lugares criminales rurales en que sitúa las acciones delictuales; la naturaleza psicológica de sus actores principales y secundarios; los vericuetos legales que atenuarán o condenarán a los comprometidos en sus atractivas tramas.

Previo al análisis de su actual obra, permítanme realizar un breve ejercicio memorístico con el objetivo de ubicarla en el contexto histórico del relato delictual chileno...Lo propongo porque creo que ella, frente a los entresijos que plantea, permite desprender curiosas e interesantes comparaciones...

Escuchemos a los estudiosos que nos hablan de tres categorías:
A) La novela policial o de ambiente de bandidos.
B) La marginalidad urbana de la narrativa policial criolla.
C) El relato negro de los años ochenta en adelante que consolida el género.

Y al establecer ésta evolución literaria criminal, me quedo con la sensación –equivocado o no- de que la presente novela de Soto Díaz, en su desarrollo luce espléndidos brochazos de las tres etapas señaladas.

Ahora bien, constatado que este año se cumplen 110 años de la aparición de la primera novela policial chilena, escrita en 1912 por Januario Espinoza, bautizada La muerte misteriosa de José Marini, luego de revisar sus páginas denunciando el maltrato dispensado otrora a los inmigrantes traídos por el gobierno, al cotejarla con la actual realidad, deduzco que: nada nuevo hay bajo el sol. Inmigración, racismo, injusticia, ambición, hambre de poder continúan siendo funestos ingredientes al servicio de cualquier redactor.

¿Equivocado parangón? ¡Qué va! Ejemplos al ruedo. Si a comienzos del siglo pasado inmigrantes italianos fueron victimizados por la colectividad, un siglo después, ¿acaso no hacemos lo mismo persiguiendo a haitianos y venezolanos?

Les solicito otro minuto policial. Antonio Acevedo Hernández en 1927, expresándose folletinescamente y publicando cada semana en El Diario Ilustrado, nos trasladó a la ruralidad. En ese estilo y dieciséis entregas narró Las aventuras de Manuel Lucero, un campesino huacho, abusado, ignorante, que se rebeló y acriminó contra el sistema latifundista.

Al tercero de los prototipos de relato policial campestre, habría que ponerle música porque su autor es demasiado conocido...Les tarareo:

...Yo me pondré a vivir en cada rosa/ y en cada lirio que tus ojos miren/ y en todo trino cantaré tu nombre/ para que no olvides...

Si, si, correcto. Me refiero a Oscar Castro, excelso rancaguino, Autor de notables poemas y cuentos, que en El último disparo del Negro Chaves, cuenta la sufrida vida de un amansador de caballos que hastiado de los abusos patronales se convierte en doble asesino y se suicida.

Asociada ya la pluma delictual rural de Eduardo Soto a los prolegómenos del género, para rozarla con exponentes de la segunda categoría enunciada: la marginalidad urbana en las letras rojas, a objeto de no agobiarlos, mencionaré, únicamente, otro terceto de egregios escritores.

Edesio Alvarado (1926-1981), puertomonttino, narrador de fuste, llama la atención el utilizar en dos de sus obras a carabineros como investigadores. Así como en 1966 en El Desenlace pone a un carabinero de origen indígena a escudriñar una muerte, en La Captura consagra como sabueso a un sargento destinado a un retén del Lago Llanquihue...Carlos Droguett (1912-1998) es otro de los grandes. De nombradía internacional, pasó a la historia de la novela policial con su novela Eloy basada en la intrépida existencia de Eleodoro Hernández, el Ñato Eloy, que en 1941 terminó sus días acribillado en los cerros de Buin... El tercer magnífico es René Vergara, igualmente galardonado en el exterior. Del mismo modo como llevó a su inspector Cortés, El Mono, a resolver casos citadinos como el de La bailarina de los pies, desnudos en calles del barrio Independencia; al caso Chela Bon en los potreros del sector Pedreros; igualmente desplazó su detective por los caminos y arboledas de San Felipe para capturar al Tucho Caldera, descuartizador del turco Amar.

Omitiendo citar en detalle el trascendental grupo de Manuel Rojas, Gómez Morel, Méndez Carrasco, Cornejo, Rivano, que sacudieron la sociedad con sus relatos biográfico en torno a marginalidad y hampa; aceptando que todos los escritores surgidos en la década dictatorial de los ochenta y más allá, se empaparon con los clásicos Conan Doyle, Agatha Christie, George Simenon, Maurice Leblanc y acto seguido bebieron los vinos oscuros de Raymond Chandler, Dashiel Hammeth, Patricia Highsmith o Wiliam Irish, expongo que no me detendré a dar nombres asociados al tercer rubro de la mencionada clasificación histórica. Me atraen su sheriff Ramón Díaz Eterovic, Bartolomé Leal, Gabriela Aguilera, Antonio Rojas más toda la generación. Y perteneciendo a ella Eduardo Soto, paso a enhebrar frases acerca de sus Tres políticos muertos.

A pesar de que la acción transcurre en el otoño del 2007, al comenzar a desentrañar sus enigmas, como ofrendas campestres van surgiendo aromas que trasladan a tiempos bucólicos; a medicinales yerbas: boldo, menta, canela, eucaliptus; que también huelen a sauces, pinos, paltos, limones y hacen recordar al poeta venezolano Eloy Guzmán Blanco en su verso En la esquina de Miracielos/ agoniza la tradición/ Qué mano avara cortaría el limonero del Señor/... Sin embargo, las fragancias nostálgicas son incapaces de oponerse al arribo de la maldad civilizadora que avasallará el paisaje. Las voces vernaculares irán mutándose. No deja tiempo para recordar que Curicó en mapudungun significa aguas negras; Teno, representa encogerse de frio: Vichuquén encarnaba una serpiente de mar; decir Duao implicaba tener un asunto pendiente por tratar y que cuando llegaron los incas a orillas del Maule supieron que el acuoso apelativo significaba lluvioso.

Con tales sonoridades va construyéndose el escenario sureño que sirve de telón de fondo al atrayente dilema policial planteado por Eduardo. El suspenso absorbe la atención lectora desde la primera página. Sin intermediarios oficiosos nos presenta a Jorge Villalta Logroño, abogado de clase media acomodada, brillante pasado universitario, que después luchas internas en su partido político, merced el respaldo de la juventud de Vanguardia Democrática, ha logrado la nominación para ser candidato a senador por la séptima región.

En la necesaria campaña para captar votos del electorado, despojándose de su elegante traje a la medida, corbatas de seda, vestido deportivamente, deja la capital y en camioneta de doble tracción se traslada al Maule a buscar apoyo del electorado y ganar la simpatía de los líderes locales. Viaja solo; visita Curicó, Constitución. La noche de un sábado llega a la localidad de Duao. Fatigado de conducir, antes de buscar alojamiento, entra a comer un plato de mariscos al restoran Donde Rogelio. Cuatro lugareños absortos juegan brisca. En el mesón del bar pide una cerveza. Las horas de viaje por la carretera lo incitan a pasar al baño...Ese sería su última brebaje porque a la mañana siguiente un garzón lo encontraría muerto con tres balazos en el cuerpo y la cabeza sumergida en el inodoro.

Apasionante comienzo, ¿verdad? Quién lo mato? Hubo un sólo criminal? Por qué lo liquidaron? Lo estaban aguardando? Fue obra de caudillos- adversarios locales? Enemigos de Vanguardia Democrática planificaron su muerte desde Santiago? Eternos líos de faldas? Jorge era homosexual? En caso contrario, ¿por qué, cual se usa entre gays, sumergir su cabeza en el inodoro?

Si Soto Díaz tuvo la astucia y habilidad narrativa de plantearnos esas y más interrogantes en los primeros párrafos de su libro, imagínense ustedes lo sobrecogedor que se pondrá al término de sus 210 páginas cuando enseguida de Villalba aparecen acribillados dos políticos más.

He ahí el meollo de la creación de Eduardo en que despliega todo el talento ya reconocido en sus anteriores piezas negras. Pero llega el instante de preguntarse a quién él encarga la tarea de descubrir los homicidios. Consciente de la importancia que poseen los carabineros en la solución de delitos en regiones, la misión investigativa la asigna a dos miembros: al sobrenombre El Zorro obedece el principal. ¡Y vaya que bien le cae el apodo al astuto sargento mayor de carabineros Miguel Guevara Lagos.

Formado en las frías comisarías sureñas, de fuerte carácter, no bien hizo el Servicio Militar, apenas se vistió de verde empezó a destacar. Puro olfato, las pispa todas. Respetado por los superiores, estudioso, y apegado a los dichos criollos: debajo de una mala capa puede haber un buen torero”, donde menos se piensa salta la liebre”, la cabra siempre tira al monte”, siempre los usa en sus pesquisas. Su ayudante es el cabo y ahijado de matrimonio Cristóbal Molina Paredes que, tuteándose con las armas, pistola SIG Saven o revolver Glock 17, donde pone el ojo pone la bala.

De la mano de esos dos simpáticos personajes más los acabados conocimientos profesionales del autor enunciados al comienzo, en una narración perfectamente bien estructurada, desplegando un suspenso policial de óptimo calibre, Eduardo Soto nos deleita, demostrando un vuelo internacional que lo llevará a poner sus producciones literarias en la globosfera. No en vano, sus novelas ya han sido distribuidas por editoriales españolas.
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