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Doscientos años se cumplieron desde el fusilamento de uno de los próceres de la patria más controvertidos, que al paso del tiempo ha ido recuperando la notoriedad y alcanzando un sitial de honor en la historia. Compartimos a continuación un extracto de la crónica publicada en Revista Occidente de septiembre. Aprovechando de invitar a visitar la exposición digital en nuestra página web y/o en el siguiente link: Ver exposición digital de José Miguel Carrera

“¡Muero por la libertad de América!”. Estas palabras bien podrían haber sido parte de sus proclamas que difundía entre los ciudadanos chilenos o el título de alguno de sus manifiestos publicados en La Aurora de Chile, sin embargo corresponde a su último grito, clamor de lucha que llevó a cuestas durante toda su rebelde y controvertida vida militar, y que lanzó como un epitafio a los cielos un 4 de septiembre hace doscientos años atrás, en Mendoza, la mañana de su muerte: José Miguel Carrera Verdugo (1785 - 1821), prócer de la patria y fundador de la República, fue fusilado en el país trasandino luego de su captura al ser traicionado por sus propios soldados cuando intentaba detener los intentos monárquicos por parte de sus enemigos en su camino de regreso a Chile.

            El trayecto que dibujó para llegar hasta aquel fatídico desenlace ocupa centenares de páginas en los libros de Historia, los cuales dan cuenta de su obra y legado, como también exponen las duras críticas de sus contemporáneos. La soberbia de sus pericias militares y las ambiciones independistas forjaron un carácter muchas veces irrespetuoso e irreverente que ni siquiera abandonó el día de su muerte, hecho que relata don Benito Lamas, el mismo eclesiástico que lo acompañó durante los últimos momentos y que bien documenta Barros Arana: 

Si hubiéramos marchado directamente al sitio de la ejecución, el tránsito habría sido de pocos pasos; pero sin duda, con el objeto de que Carrera recorriese el cuadro, hicimos un rodeo. Durante él caminaba Carrera con la vista alta mirando con desdeñosa sonrisa las tropas que estaban formadas. Me acerqué a él y le recordé que ese no era el modo de la contrición cristiana, que fijase la vista en el crucifijo.

—Padre, contestó, no se canse usted, no me ha de hacer abandonar mis principios.

(...) Llegado al banquillo, Carrera se opuso a que le vendaran los ojos y pidió mandar él la ejecución. Nada de esto se le concedió. Entonces se quitó y dobló un rico poncho que llevaba puesto y se limpió de las mangas de la chaqueta algunas ligeras motas de pelusa. Se acercó el alguacil como pidiéndole poncho y Carrera le dijo:

—No, lo destino para el de mi suegra, quién me hará el favor de entregarlo.

Se sentó en el banquillo y en vez de demandar perdón al pueblo de Mendoza, como yo se lo había aconsejado, dijo en altísima: ¡Muero por la libertad de América!

(...) Cayó sin vida y el doctor Clemente Godoy que estaba a su lado, me dijo:

—Murió como un filósofo[1].

            Si durante su vida las innumerables hazañas militares que dieron pie a triunfos y derrotas fraguaron su identidad heroica, lo que vino inmediatamente después de fusilado no hizo más que comenzar a construir una leyenda silenciosa que con el tiempo se transformó en la invisibilidad de su figura y que a la postre pareció abandonarlo en el olvido.

            Waldo Parra, abogado y autor de la saga Masones y Libertadores, nos cuenta: “Existen varios relatos. Algunos se contradicen, pero la mayoría señala que el cuerpo de Carrera habría sido mutilado por un verdugo quien le cortó la cabeza y las extremidades. El cráneo y un brazo lo colocaron en la parte más alta del edificio de la gobernación de Mendoza como una señal de que a cualquiera que hiciera lo mismo recibiría ese castigo”. Al preguntarle por qué tanto ensañamiento contra su persona, si acaso el contexto de aquellos años lo permitía, el escritor sostiene: “Más que nada es un reflejo de la violencia que existía en la época, en especial la violencia que existía en el proceso revolucionario argentino porque el proceso revolucionario chileno no fue tan violento hasta que llegó a gobernar la Logia Lautarina. Ahí cambió. Vino el asesinato de Rodríguez, la misma muerte de Carrera, entre otros sucesos”.

            La mutilación de su cuerpo y el desprendimiento de su cabeza parece ser una alegoría de la fragmentación de nuestra historia. Pese a que esas prácticas eran atribuciones que las autoridades se tomaban y representaban la violencia de la época y sobre todo en las Provincias Unidas del Río de la Plata, hasta el día de hoy hay dudas de si existió o no aquel cruento suceso.

Habla Parra: “La muerte de Carrera fue trágica. Dicen que el cráneo lo trajeron de Mendoza y que anduvo de allá para acá, que lo tenían dentro de un frasco y que hasta traía suerte y estaba bendito. Después de un tiempo ese cráneo pasó a la familia Díaz de Valdés, pero nunca se pudo comprobar, con todos los estudios que se realizaron en el extranjero, nunca se pudo concluir si era realmente el cráneo de Carrera”.

            Sin embargo, para él la discusión debería ser otra, más allá de si se trata o no del cráneo: “Personalmente no creo que sea el cráneo de Carrera, porque finalmente a los Carrera los enterraron en una fosa común en Mendoza, y con toda la tecnología actual no se pudo saber si era o no de los hermanos Carrera. De todas maneras ya se hizo el esfuerzo y si es el de Carrera mejor dejarlo donde está, en El Monte, en un museo que se hizo en su memoria y dejar tranquilos sus restos porque es lo mas razonable. Ahora, los restos están formalmente en la Catedral de Santiago, junto a un evento que hicieron cuando canonizaron a la primera santa de Chile y ahí uno puede hacer un contrapunto porque hay una pequeña placa”.

            Lo que plantea el abogado y escritor es que la desidia hacia la humanidad de Carrera, y de paso con la Historia del país, ha sido sistemática a los largo de los años: “Hubo una placa mucho más grande que la sacaron en 1985  —que ahora está en el Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera en la calle Bilbao— y pusieron una más chica. Pero originalmente hay aún una más chiquitita, a la altura del suelo, donde están todos los hermanos, incluso Javiera Carrera. La verdad es que el contrapunto muy lamentable porque si uno ve la cripta de O’Higgins con toda la pomposidad que tiene frente a estos restos perdidos en un pilar de la catedral da la idea de que se pudo hacer mucho más de lo que se ha hecho hasta ahora”.

Los monumentos invisibles en el tiempo

Para la presidenta del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera, Ana María Ried Undurraga, familiar directa de Carrera, los monumentos mantienen una importancia especial, pues son las formalidades que preservan la memoria, pero también sabe que los tiempos han cambiado. En los muros de su hogar exhibe valiosos retratos y hasta cuelga uno de su tatarabuelo José Miguel Carrera Fontecilla (hijo menor y único varón de José Miguel Carrera Verdugo). Sin embargo, ella cree que la conservación de aquellas reliquias históricas es tan importante como el trabajo que se debe hacer hoy en día en las redes sociales para comunicar y preservar su legado: “Los monumentos no dicen tanto como si lo hacen las redes sociales. Nosotros, como Instituto, estamos haciendo una campaña de forma muy humilde, sin recibir fondos de nadie y hemos tenido mucho éxito. La gente ya no pregunta tanto por las estatuas. Eso sí, cuando en las redes ven algo que les llama la atención lo siguen y empiezan a interesarse por el tema. Entonces nosotros tenemos que hacer lo que hizo Carrera con la imprenta. Él la trae para difundir ideas, conocimiento y nosotros tenemos que aprovechar este momento de las redes para difundir su legado e importancia a través de ellas”.

            Hicimos la prueba. En la comuna de San Miguel y en medio de la plaza donde se encuentra el monumento que lo conmemora, las respuestas son lapidarias. Alicia García (43) nos dice “No sé quién es, no camino mirando para arriba, pero quién es? —José Miguel Carrera— no sé quién es. ¿Es como Bernardo O’Higgins?”. Otra transeúnte, Carmen Valdivia, que viene de comprar del centro comercial aledaño responde: “Sí sé quien es. Yo vivo acá hace como cuarenta años y desde que tengo uso de razón que esa estatua está ahí.  Es José Miguel Carrera, padre de la patria. Igual yo lo valoro más que a Bernardo O’Higgins. Me gusta Carrera y Manuel Rodríguez”. Un hombre, Miguel (60) que trabaja en el sector nos comenta “No sé quién es. ¿Es francés? —Por qué cree que es francés?—. Por la ropa que tiene. —Es José Miguel Carrera—. ¡Oh, no sabía! y eso que paso todos los días por acá”.

            Algo similar ocurrió en en la Catedral. La cantidad de gente que transita es incontable. Ubicada en el kilómetro cero del país, en plena Plaza de Armas, le preguntamos a Clara (30): “No sabía que estaban todos enterrados acá... ¿están todos?... Javiera Carrera es la de la canción, José Miguel es uno de los padres de la patria que le llaman, ¿cierto?”. Más allá nos encontramos con Juan Galdames (36): “Si pos, antes a los ricachones los enterraban en las iglesias: No sabía que estaban acá. Conozco la historia de los Carrera, pero es verdad que no son tan famosos como O’Higgins”.

            De cierta manera la calle le da la razón a Ana María Ried. Por lo mismo es que llevan tiempo trabajando en querer cambiar tan desolador panorama. “Nuestra campaña ha pasado por todos los gobiernos, y el monumento ecuestre fue colocado con las mismas condiciones de igualdad que la de O`Higgins, en la plaza de la ciudadanía. Eso fue un símbolo super importante, porque quiere decir que ya hay una corriente de opinión que justificaba que Carrera y O`Higgins quedan en igualdad de condiciones y ahora el ejército que se oponía a relevar la figura de Carrera, a pesar de que fue militar, y sin embargo el ejército no quería, porque lo encontraban muy revolucionario. Ahora el ejército va a instalar en el edificio bicentenaerio José Miguel Carrera, una estatua de él y además de entregar su sable en el cambio de mando entre los generales. Carrera ya está permeando a la ciudadanía, y mucha más gente está interesada a saber sobre su vida y obras, como militar, como ciudadano, como amante de la libertad”.

La deuda de Chile no se paga con estatuas

Una piedra esculpida o un monumento de hierro no alcanzan para celebrar la historia de un país, pero ayuda a que recordemos de vez en cuando la importancia que tuvieron los que estuvieron antes que nosotros y que de alguna manera pavimentaron el camino que hoy transitamos. Para Ana María Ried la historia de Chile responde por sí sola al momento de preguntarle si hay una deuda hacia José Miguel Carrera: “Hay una tremenda deuda – nos señala con convicción - porque recordemos que cuando él llegó de su gloriosa trayectoria militar en España donde fue muy distinguido, hasta le entregaron la Cruz de Talabera; llegó a Chile en 1911 y Chile era el Reino de Chile de España. Él comenzó nuestra independencia, el fue quien dijo libertad, antes que nadie. Hizo nuestra bandera, nuestro primer escudo. Todos los decretos para los estudios de hombres y de mujeres; la primera Constitución; trajo la imprenta para difundir las ideas republicanas. Porque José Miguel Carrera tiene una idea republicana de Chile, él tiene a su haber el querer hacer de Chile un país libre y republicano”.

            Asimismo, Waldo Parra también sostiene que la deuda que tiene Chile hacia su figura es absoluta: “Todos los chilenos tenemos una deuda con José Miguel Carrera. Quizás nosotros no estaríamos hablando, no seríamos una República porque Carrera, a diferencia de O’Higgins y San Martin, era republicano y no monarquista. Nosotros le debemos la Republica a Carrera con todos los errores que puede cometer un joven que gobernó a los 24 años. Por ejemplo, hoy en día, cuánto no hemos escuchado de que Gabriel Boric, (en su condición de candidato presidencial) es un niño y tiene 35 años. Entonces con todos los errores que puede haber tenido yo siempre me sorprendo porque si hiciéramos una especie de calendario podríamos encontrar que Carrera todos los días hizo algo a favor de Chile”.

            En esta misma línea el escritor sostiene que Carrera decidió tener una vida pública —a diferencia de otros héroes —como el honorable Prat, máximo héroe naval— y que bajo ese precepto hizo cosas tan importantes como la creación de instituciones básicas para el país como la Constitución. “Él, por ejemplo, definió el internet de la época que vendría siendo la imprenta y la libertad de expresión; definió que la educación debía ser para hombres y mujeres, algo que en muchos países se demoró mucho más tiempo, y abolió la esclavitud, entre otras cosas. Nadie puede negar que no le debemos algo a Carrera”.

            Frente al modo de saldar aquella deuda Waldo Parra es enfático en señalar que los protocolos y las cosas formales son necesarias muchas veces porque son signos que quedan para la posteridad, sin embargo: “Sería mucho más trascendental que el país tenga una mejor educación cívica, una mejor educación sobre política e historia. Y no solo para la figura de Carrera y O’Higgins, sino también la de Freire o la de Pinto, para que no se pierdan en el olvido”.

             Parece ser que los nuevos tiempos también nos van a remecer los modos de recordar. Quizás sea mejor tener más bibliotecas que monumentos y una educación que se haga cargo de nuestra ignorancia, no aquella que recuerda las fechas y los nombres de las batallas, sino la que dialoga con el pasado y nos brinda las herramientas para luchar siempre en pos de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

[1] Extracto de la Libreta de Notas de José Miguel Carrera que se encuentra en el sitio memoriachilena.cl y en Ver exposición digital de José Miguel Carrera