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Columna de opinión de Carlos Ríos Cardoza, Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, para la región de Magallanes, publicada en el diario El Pingüino. 

Dentro del concepto masónico del ser, se considera que todo individuo es perfectible, y que sus conductas pueden ser mejoradas a través del amor fraternal y del conocimiento que cada cual debe desarrollar de sí mismo.

Desde su reciente partida, el pensamiento de Humberto Maturana y de Ximena Dávila, ha estado en movimiento de manera más activa y clara que cuando estaba en perfecto cumplimiento de sus condiciones vitales.

Sus contribuciones al entendimiento del sentido de lo humano que surge de su ser biológico, han estado destinadas a sembrar ideas en todos los que consciente o inconscientemente, desarrollan un quehacer cotidiano para que el cosmos que generamos con nuestro vivir surja y se conserve armónicamente acogedor para todo ser humano, en su dignidad ética y social.

Y en aquellos que se vuelcan, día a día, en todo lo que hacen para que la Humanidad salga de la ceguera ética que genera el vivir enajenado en el competir y la búsqueda del enriquecimiento a cualquier costo.

Los días actuales de nuestro país se han llenado de deseos que apuntan hacia esos sentires de Maturana, faltando aún la expresión clara y profunda de los valores que están subyacentes a las posibilidades de las cuales Maturana primero y luego con Dávila han dejado, por un momentáneo lapso de razón, instaladas en nuestras periferias intelectuales.

En su modo, nos propone que la condición “Convivir en el Conversar” es una gigantesca dinámica transformadora de modos de vivir, de tal forma que, si vamos tras un mejor vivir, tal condición es un requisito indispensable para distanciarse de los Homos conservadores de los sentires de superioridad, agresión y arrogancia y para el inicio de un proceso de transformación global de la sociedad.

Así, celebrar a Maturana obliga a sumarse a su idea fundamental de que la emoción que funda y constituye lo humano es el amor. Desde allí, se reproducen las conductas que representan aspectos de nuestro vivir relacional en los que sentimos que nos importa el bien-estar de otros, evitando conducirnos de modo que les produzcamos daño; y esto es el resultado de la conservación en la historia evolutiva humana, de nuestra condición biológica fundamental de seres amorosos y que permitió el origen espontáneo y la presencia creciente hasta hoy, de conductas éticas, morales y altruistas.

Siendo cuestión elemental, no es difícil seguir el hilo conductor de Maturana cuando propone que las teorías y doctrinas conque buscamos justificar la discriminación surgen siempre en el intento, consciente o inconsciente, de satisfacer deseos egóticos que niegan el amar, frecuentemente, desde adicciones culturales por el éxito, el progreso o el poder.

El Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, entidad que celebra 159 años en búsqueda de una apertura de caminos que conduzcan a la plenitud de la dignidad humana y con todas sus posibilidades de expresiones en base a la libertad, igualdad y fraternidad, nos ha planteado en este contexto que las conductas humanas no nacen de la nada, sino que son parte de una heredad cultural que nos determina y que se constituye y reafirma en la iteración de un relato arcaico.

Desde este plano, la masonería como expresión libre individual y colectivamente, es un modo y forma de eticidad, de valores que se plasman en un plan virtuoso construido con decisión determinante en torno a la tolerancia, la filantropía y la solidaridad.

Dentro del concepto masónico del ser, se considera que todo individuo es perfectible, y que sus conductas pueden ser mejoradas a través del amor fraternal y del conocimiento que cada cual debe desarrollar de sí mismo.

El gran camino que surge de ambas posiciones humanistas está plagado de buenas y reponedoras sombras.