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Columna de opinión de Carlos Ríos Cardoza, Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, para la región de Magallanes, publicada en el diario El Pingüino.

"El compromiso laico más importante desde una perspectiva ética es con la Verdad, que se basa en la observación y la evidencia y no en la simple fe".

Por donde se mire hay evidencias de conflicto entre lo que es y lo que debería ser la vida cotidiana, ese modo de vivir de las personas que se expandía dentro de una normalidad ahora quebrada por la crisis de la pandemia y variables asociadas.

 En un ambiente global dominado y en ciertos casos superado por las crisis, ha surgido una amplia gama de opciones ofrecidas para sobrellevar, de una manera lo más cercana posible a un ideal de convivencia, los efectos de nuestras propias decisiones o las de nuestros representantes, tomadas con anterioridad y suponemos que orientadas al bien común.

Así, hemos llegado a conformar una desafiante sociedad líquida globalizada y con su cortejo de individualidades exacerbadas, de la cual hablaba Bauman, tan distante de esa otra cultura matríztica enraizada en el hacer con el otro más que en el ser individual y de la cual nos habló insistentemente Humberto Maturana.

No hay reglamento posible que pueda definir categóricamente que es lo que está del lado correcto y que es aquello que necesita reparación o cambio, desde ya un problema considerando que estas consideraciones, que deberían apuntar al mejoramiento y perfección de la sociedad humana, descansan fundamentalmente en aspectos éticos.

Aquí adquiere relevancia los valores que forman parte de la herencia natural de todos los humanos y que, como bien expresa Harari, conforma un tradicional código de ética laico y que se nos presenta, de manera realista, como un ideal al que aspirar más que una realidad social.

Las personas del mundo laico buscan el perfeccionamiento de sus acciones manteniendo una brújula moral de compromiso ético en constante perfeccionamiento, valioso si consideramos que no es fácil vivir a la altura de un ideal.

El compromiso laico más importante desde una perspectiva ética es con la Verdad, que se basa en la observación y la evidencia y no en la simple fe. La orientación laica orienta a distinguir entre verdad y creencias, a desarrollar la solidaridad hacia todos los seres que sufren, a apreciar la sabiduría y las experiencias de todos los habitantes de la Tierra, a pensar libremente sin temor a lo desconocido, y a ser responsable de sus actos y del mundo en su conjunto.

A partir de este punto, las miradas de futuro son obviamente dependientes de la época dentro de la cual se instalan los objetivos éticos de desarrollo individuales y colectivos. En estos momentos de múltiples y constitucionales incertidumbres, la exigencia ética es avanzar hacia condiciones más favorables y de mayor sustentabilidad social y ambiental, sobre la base de un diálogo basado en principios y valores éticos esenciales y asentados en una acción fraternal y en una decidida voluntad de consenso.

Esta condición debería ser uno de los fundamentos iniciales para enfrentar los innumerables desafíos que impone el estado de la humanidad en su conjunto y que adquiere dimensiones globales, en donde el origen de los cambios que esperamos todos y todas puede ser la resultante de una combinación efectiva de acción de cada uno de los habitantes de la región, del país y del planeta.

Sin dudas, ello requiere de aportes constructivos que permitan ser tejidos para originar nuevas y cada vez mejores posibilidades de convivencia que realcen la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sólo a través de estos principios ideales y humanistas laicos es posible pensar soluciones que contribuyan a una sociedad que asegure la libertad, el bienestar y el crecimiento personal de sus integrantes.