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Carlos Ríos Cardoza, Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile. Columna publicada en el medio magallánico El Pingüino.

En tiempos de normalidad pre-pandémica, cuando aun vivíamos bajo los designios de una creencia masificada acerca de nuestra invulnerabilidad y poderío, el otoño solía relacionarse con el regreso a un estado de descanso y de reposo natural, de decaimiento de las fuerzas de la naturaleza y de reparo previo a la presencia del invierno y a la posterior aparición de otras primaveras y veranos.

Estábamos conscientes de que, con el paso de las estaciones, no solamente cambia la naturaleza que nos rodea, sino que también se transforma nuestra existencia la cual se sintoniza siempre con nuevos ritmos de luz y oscuridad, de calor y frío, con cambios en la humedad y en los vientos que renuevan el aire y con cambios de actividad en los ciclos del agua, de la flora y de la fauna. Dentro de este gran ciclo anual o circulo de la vida según Yuval Noah, el otoño corresponde al atardecer en el día y a la culminación de la madurez en la vida, aspectos que influían en la actividad cotidiana acorde a ese pulso normalizado de culminación y de declive.

Con el regreso imprevisto a un modo de vida desafiante, de alto riesgo humano y de lucha diaria por la sobrevivencia, tal declive en la actividad humana colectiva es impensable según las exigencias de un sistema que no está admitiendo reposos ni conexiones vitales con el entorno estacional, a menos que éstas contribuyan, con una actitud cada vez más individualista, a la solución de los emergentes dramas humanos.

Las sugerencias del otoño reparador se han modificado por otras que conllevan enfrentamientos y análisis racional. ideológicos y partidarios que conducen a un escenario que hace perder la noción de estar en la búsqueda de anhelos compartibles, y que involucra desde los futuros miembros constituyentes hasta las nuevas autoridades comunales, regionales y nacionales.

El mismo Noah considera que lo que nos confirió ventaja sobre los demás animales y nos convirtió ilusoriamente en los amos del planeta, no fue nuestra racionalidad individual, sino nuestra capacidad sin parangón de pensar de manera conjunta en grupos numerosos.

Este es el justificado racional para una reciente Declaración del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile[1] en donde plantea un urgente llamado al diálogo republicano ante el clima de polarización e intolerancia que se ha instalado en el debate nacional, afectando la acción de los poderes del Estado en los distintos ámbitos que son de su responsabilidad.

A través de esta Declaración, la Gran Logia de Chile hace un imperioso llamado al diálogo honesto, transparente y constructivo, que reúna a los poderes e instituciones del Estado, y a todos los actos políticos y sociales, para mancomunar las políticas púbicas necesarias para afrontar las exigencias sociales ante la pandemia.

Sostiene, asimismo, que la situación actual demanda la generosidad de todos, como también el deber de enfrentar unidos los difíciles tiempos que vivimos, esperando que quienes ejercen los poderes del Estado por mandato ciudadano, construyan los caminos del diálogo para dar respuesta y atender las demandas actuales y futuras, anteponiendo siempre el bien común de toda la sociedad, ante que los objetivos políticos y electorales coyunturales.

En momentos en que el poder de la razón es tan reducido que cada uno termina por refugiarse en un compromiso dogmático e irracional con los estrechos preceptos éticos que profesa, la Declaración abre posibilidades de encuentro en un otoño que ya no admite descansos.

 

[1] Declaración completa en www.granlogia.cl