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Por :Carlos Ríos Cardoza, Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile.

Mucha gente considera que el planeta Tierra es una gran acumulación de piezas, las que, con principios de acción y reacción, se articulan, se movilizan y son capaces de generar cada uno de los procesos y eventos que observamos y vivimos diariamente.

En ellos solemos incluir desde los que tienen una causa netamente asociada al hombre, hasta los que representan funciones propias de una naturaleza originada hace 4.500 millones de años. Curiosamente, entre estos últimos debemos incluir a nuestra propia especie.

Como se ha ido dando la historia de nuestra civilización, quizás hemos estado perdiendo, ya sea de manera intencionada o no, la noción básica de ser elementos integralmente relacionados con el resto de las piezas que conforman el sistema natural, y con ello hemos estado ubicando, en un lugar muy secundario dentro de nuestra escala de preocupaciones, el simple hecho de que el sistema puede prescindir de nuestra presencia sin generar ninguna situación caótica o producir alteraciones cuya gravedad haga suponer el fin de la historia planetaria.

Aun más, la actual situación socio-económica y sanitaria que se vive en la región, en el país y en todo el pequeño planeta Tierra, no hace sino reforzar la idea de que la sobrevivencia, mirada desde todos los puntos de vista posibles, sigue siendo el tema imperativo de nuestra discusión política y la urgencia del momento, lamentablemente desde la exclusiva mirada del humano.

Fuera de contexto actual, definido mayoritariamente por todo lo que se pueda y deba asociar a la pandemia, queda el sombrío y secundario panorama del ambiente y que se define también desde lo regional hasta la globalidad del planeta. La profunda condición humana todavía exige un espacio mínimo para mantener la idea de que, si bien la naturaleza no soluciona la crisis social y sanitaria, no hay dudas de que la puede agravar.

Pese a ello, y estando insertos en un modo de ser y de hacer producido por un largo proceso civilizatorio que ha negado la vida de la naturaleza para proteger la vida humana, es difícil llamar la atención sobre la crisis que va de la mano con el estado ambiental dentro del cual estamos obligados a desarrollar nuestras funciones. El ambiente es un tema de la especie humana en su conjunto y no de una época o de una determinada clase social, por lo que no debería estar limitado solo a un conflicto aparente entre poder y tecnología, encubriendo las nuevas relaciones económicas que emergen de la relación humano-naturaleza y ocultándolas tanto de la observación crítica como de la conciencia ciudadana.

El problema ambiental no es una cuestión de ciencia, tecnología, conocimiento e innovación, es también una cuestión de Valores Políticos. El acto de “cuidar el ambiente” es político en tanto que, sin un ambiente saludable, la ciudadanía no puede conseguir sus aspiraciones, ni participar en su entorno para transformar aquello que le afecta, ni siquiera vivir en un nivel acorde con sus condiciones mínimas de calidad de vida. La concepción comunitaria del cuidado en pro de la supervivencia se ha dispersado en pro de la individualidad consumista, despojándonos de una memoria de unión y de un cuidado como pensamiento, es decir, de un cuidado que nos compete a todos y a todas. Todos y todas tenemos la responsabilidad y el compromiso de hacer las cosas bien, y bien implica moral y ética ambiental con los seres humanos y con la naturaleza desde una visión no antropocéntrica.