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Como ya es tradicional, compartimos la columna del Gran Delegado Jurisdiccional de la región de Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, y que fue publicada por el diario El Pingüino de Punta Arenas.

Es difícil pedir a quienes están impactados por factores relacionados con las pandemias sanitaria, social y ambiental, poner las miradas en los ejemplos que ilustran la magnífica y natural capacidad del hombre y de la mujer para imaginar mundos diversos en armonías y que se traduce en una multitudinaria expresión de artes que se integran y se entrelazan en un mosaico armónico, constituido por obras, formas, interpretes, géneros y composiciones.

Cada uno de nosotros se puede identificar con alguna de estas partes del mosaico cuando, aunque sea por breves momentos, se sienta capaz de reconocer una melodía, recordar una imagen, relatar algunas epopeyas o apropiarse de versos ajenos.

Nadie podría discutir la existencia de una positiva sensación que produce el descubrir estas expresiones nacidas de la esencia humana y que nos hablan de la existencia de espacios gobernados por expresiones que ordenamos bajo el nombre de Arte, capaces de superar por si solas las demostraciones negativas de la otra cara humana y que ofrecen, al final, la necesaria confianza para salir de situaciones funestas en que pudiésemos haber estado involucrados.

La importancia que tiene para la vida individual la existencia natural de armonías, como sea que ella se exprese o se entienda, debería reconocerse asimismo cuando miramos a esa creación humana, de cambio constante y plena de transitoriedad, atada a factores educativos, culturales y económicos, denominada sociedad.

La armonía social de la cual hablamos y que busca desde diversos ángulos un consenso entre el individuo y su medio social, sólo se puede sustentar en un cambio permanente de estructuras, en la búsqueda incesante de adecuaciones y de una afinación más ajustada entre los elementos del conjunto.

Tarde o temprano, ello implicará la necesidad de aportar al desenvolvimiento de un conjunto social armónico, incluso desde nuestras propias comodidades y también desde nuestras propias carencias, especialmente en momentos en que nos encontramos inmersos no solo en la rotura de la armonía sanitaria y social sino que también de nuestra obligada relación armónica con la naturaleza.

La falta de armonía en sí misma, es un acto violento y esto es producto de una pérdida de dominio de sí mismo y marca el fin de la dignidad y el respeto humano mediante actos que se agotan rápidamente y no tienen capacidad de permanencia pues pertenecen al ámbito de los extremos.

De allí la urgencia por buscar los nuevos tonos que nos envuelvan en nuevos modos de armonía, en función de los principios de solidaridad, igualdad y libertad. La experiencia vital que innegablemente nos otorga la recepción de un momento armónico, dinámico e inestable, creado por el propio ser humano, debería ser razón más que suficiente para aceptar que la sociedad, también producto humano, logrará una mayor sustentabilidad social y ambiental bajo los simples, pero fundamentales, signos de armonía.

 El Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, ha señalado que la armonía es otro de los valores esenciales que la Masonería acoge en su universo simbólico como un desafío y una tarea, en la perspectiva de la realización humana, tanto material como espiritual.

Así, la armonía no solo se eleva a una cualidad estética, sino también a la cualidad ética, es decir, a un atributo de las acciones humanas realizadas con los detalles armónicos de los más nobles propósitos, en el plano de lo social y en toda forma de convivencia.