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Compartimos la columna escrita por el Gran Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro para Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, publicada en el diario regional El Pingüino. 

La velocidad con que se modifican las opiniones y las decisiones que afectan a la persona y a la colectividad está absolutamente incrementada en nuestra sociedad que, paradojalmente, al mismo tiempo reclama acciones urgentes para estabilizar procesos o actitudes que nos puedan generar beneficios directos en el más corto plazo posible.

Hay ejemplos que nos sugieren que estamos en una frenética búsqueda de ideas sólidas para un mundo que Z. Bauman describe acertadamente como líquido y en el cual se estarían dando las condiciones ideales para que se debiliten los vínculos entre las partes, entre los individuos, entre las sociedades, afectando primeramente y como suele suceder a lo largo de la historia, al lado más flexible y fluido pero, por otra parte, más vulnerable del entramado social.

Lo cierto es que las opiniones vertidas y las decisiones tomadas pasan a formar parte de una secuencia globalizada de antecedentes con los cuales contamos para reducir las cotidianas incertidumbres que nos afectan en el entorno inmediato, en la ciudad, en el país, en un planeta que siempre ha estado definido por un radical cambio de su estructura natural y al cual insistimos en enmarcarlo con el uso de conceptos y paradigmas rígidos, somnolientos y alejados de esa impredecible realidad.

Sin embargo, no por ello las opiniones y las decisiones dejan de tener influencia en quienes pueden ser afectados por ellas en primeras instancias o entre aquellos que las reciben desde posiciones secundarias, generando efectos que se pueden notar, imperceptiblemente, en la estabilidad mental y en la inteligencia emocional con las cuales contamos para adecuarnos como seres vivientes y humanos a los continuos cambios que caracterizan a la época que nos ha tocado vivir.

Debería haber en consecuencia, una cierta dosis mínima de responsabilidad que emerja no sólo de lo práctico y concreto que pueda ser una decisión cualquiera que ella sea, sino que de lo racional e impactantemente humano que ella conlleve.

Las actitudes y las ideas dominantes que se elevan sin análisis, sin reflexión y sin confrontación con las intenciones de quienes las propician, normalmente conducen al establecimiento de verdades opacas y de evidencias de privilegios, lo cual contribuye a sembrar la desconfianza mutua, a propiciar el aislamiento y el distanciamiento social y a mirar con cierta distancia la cooperación y la solidaridad.

Las consecuencias pueden magnificarse especialmente cuando estamos sumidos en medio de una pandemia que no da señales de claudicar ante el ahora indefenso ser humano y que ponen, una vez más, nuestros destinos en un final incierto.

La reformulación de una sociedad dialogante es requisito sólido y esencial para los días que vivimos, pero esto no es posible sin anhelos que marginen a la intolerancia, a la desigualdad y a la ambición.

Esta capacidad de diálogo nos aleja decididamente de la sensación de desconfianza total en la capacidad de empatía subyacente a toda posibilidad de construcción social inclusiva e igualitaria, en un paisaje de cambio constante y transitorio, atado a factores educativos, culturales y ciertamente económicos y que afecta por igual a las estructuras del Estado, las condiciones laborales, las relaciones interestatales, la subjetividad colectiva, la producción cultural, la esfera íntima de las relaciones amorosas y la amistad, la vida cotidiana y a las relaciones entre el ser y el/la otro/a.