Compartimos la columna escrita por el Gran Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro para Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, publicada en el diario regional El Pingüino. 

En tiempos de definiciones y de aclaraciones certeras acerca de cómo debe constituirse y proyectarse la relación social y ambiental en nuestra comunidad nacional, el concepto de verdad tiende a teñirse de convicciones oportunistas e incluso personalizadas y, evidentemente, a desdibujarse.

Cada uno de nosotros intenta mostrar convincentemente su cercanía a la verdad, a la idea correcta, al argumento final, creyendo estar en la única línea de desarrollo posible y claramente posados en el camino y en el lenguaje a seguir para el cumplimento incluso de profecías.

Pareciera ser que cerca del corazón de nuestras verdades construidas con esfuerzo y prestancia, hay algo notablemente resistente para el análisis racional y que se opone a la propagación del conocimiento y de una conciencia no manipulados ni censurados. Un amago de esta liberación ilimitada de opciones para hacer coincidir afirmaciones con hechos, es la presencia, cada vez más resistente y a prueba de vacunas, de la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.

Es la presencia innegable de la llamada posverdad, un escenario fantástico e iluminado de posibilidades, en donde lo importante no es precisamente la verdad, sino ganar la discusión. Ya estamos plenamente insertos en esa realidad aportando, en la medida de nuestras posibilidades sociales y económicas, al desvanecimiento paulatino de los hechos objetivos. Es probable que, consciente o inconscientemente, estemos contribuyendo al desarrollo de, en palabras del humanista británico A.C. Grayling, una cultura on-line incapaz de distinguir entre realidad y ficción y la consecuente aparición de brechas e infelicidades, incluso en el ámbito de la integridad personal y del tejido de nuestra sociedad.

Una mirada alternativa y que viene de la mano de principios orientadores de nuestra civilización, presupone la idea de que la historia de la humanidad es la historia de la lucha por la Conquista de la Libertad, innegable capacidad humana que permite auspiciar la existencia de una cultura basada en principios reales como la fraternidad y la igualdad.

 Para ello, se requiere aumentar el valor ético que tiene el diálogo basado y fundamentado en un plano en donde la verdad no sea menospreciada, ignorada ni obviada en beneficio de dogmas, prejuicios o intereses hegemónicos. Este diálogo, refundado en la necesidad de contar con una brújula para poder caminar y avanzar en nuestras vidas con una orientación mínima, necesita seguir siendo la vía por medio de la cual observemos nuestra realidad con objetividad, consistencia, imparcialidad y sinceridad.

Ello hace factible modificar decisiones y conducir a nuevos y más sustentables destinos, minimizando errores y permitiendo las posibilidades de autocorrección, particularmente cuando se trata ya no de destinos personales sino colectivos. Permitir el anclaje y el despliegue masivo de un ambiente de posverdad, es generar el espacio apropiado para la emergencia de alternativas en donde suele primar la injusticia, la ambición y la ignorancia.

La capacidad de diálogo emerge a partir de la intención fraterna y tolerante de buscar la real dignidad de todo ser humano y debería ser un atributo que adorne, sin restricciones, a cada integrante del colectivo humano, especialmente a aquellos que aspiran a ser conductores y garantes de nuestras comunidades.