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Compartimos la columna escrita por el Gran Delegado Jurisdiccional del Gran Maestro para Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, publicada en el diario regional El Pingüino. 

Las claras y positivas ventajas que trae un período de verano sobre el modo de ser de las personas, aún en estado de pandemia palpable y dramática y pese a otras crisis guardadas momentáneamente, quizás permitan valorar la trascendencia y profunda importancia que tienen para el desarrollo de la humanidad globalizada todos los elementos naturales involucrados en nuestro entorno inmediato y también distante.

Es posible que en estos periodos festivos, durante los cuales adicionalmente solemos afianzar las confianzas individuales y las colectivas, surjan preocupaciones genuinas a nivel de individuos y confiamos que también a nivel de élites dirigenciales, acerca del medio ambiente que nos acoge y nos facilita la sobrevivencia a través del aporte de innumerables servicios ecosistémicos normal y naturalmente gratuitos, las cuales esperamos se logren plasmar en iniciativas concretas orientadas a salvaguardar el futuro no solo del ambiente y de las especies, sino que el de la humanidad en su conjunto.

Esto es pensando en que aún se mantiene en vigencia la percepción de que la naturaleza, esa conjunción evolutiva de ambientes y seres vivos, es un bien disponible para cada ser humano, sin exclusiones.

Con la creciente individualización de las obligaciones y deberes comunes en prácticamente todas las facetas del quehacer humano, no nos hemos percatado suficientemente de que lo que todavía estamos entendiendo como una naturaleza abierta y disponible para el disfrute y el cuidado de todas y de todos, se ha ido sometiendo a un largo proceso de apropiación del espacio y que, a la vez, se traduce en una apropiación de los recursos terrestres y acuáticos. Cada vez más superficie del planeta Tierra está siendo apropiada y ha dejado de ser, en muchos casos, de uso común.

La mayor parte de nuestro planeta ya es propiedad legal de entidades intersubjetivas no humanas, es decir, naciones y compañías o empresas, quizás como una consecuencia lógica de la llamada “Tragedia de los Comunes”, que establece que los recursos de la naturaleza de uso colectivo inevitablemente derivan en una sobreexplotación y, a largo plazo, son destruidos y agotados.

En este momento, cuando en el país está lanzado un gran desafío de rediseño en la distribución del poder y de adecuación social a una nueva realidad construida por la pandemia, se abre un espacio oportuno para una revalorización de la relación humano-naturaleza, cuyo objetivo podría ser debatir la posibilidad de realizar en la sociedad industrial una gestión eficaz de los bienes comunes en beneficio de todos, y que se atreva incluso a reintroducir el debate sobre las posibilidades de explotación colectiva de los recursos, presentando una alternativa a los planteamientos actualmente dominantes que magnifican y sacralizan el principio de lo individual.

Tal como señalara el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, aún se requiere de un enorme esfuerzo para construir una ética de la vida, que involucre a todos los seres humanos en la preservación del planeta que nos cobija, aún con nuestros excesos. Ello requiere sin dudas una mirada desde la razón para lograr un consenso colectivo, fundado en la fraternidad inter-generacional, acerca del valor incalculable que tiene la conservación de las interacciones naturales para las generaciones futuras.