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Por Carlos Ríos Cardoza, Gran Delegado Jurisdiccional para Magallanes de la Gran Logia de Chile, en el Diario El Pingüino.

La vida en alerta, producto de una inestable mezcla de inquietud, angustia y curiosidad, es uno de los grandes motores de la evolución humana. Pareciera que el cambio permanente y la aparición constante de novedosas soluciones, están en la base de lo natural y, en consecuencia,también en la construcción histórica del humanismo y de las características que lo identifican. Insertos en el escenario multidimensional del cambio natural, no es extraño que nosotros mismos estemos en un proceso continuo y de completo reemplazo, con un conjunto totalmente nuevo de células cada siete a 10 años.

Desde nuestro nacimiento hasta nuestra desaparición física, todo nuestro ropaje celular muda unas 8 veces en promedio, a la vez que nuestras formas estructurales van envejeciendo de manera predecible por condicionantes genéticas y evolutivas. Pero al mismo tiempo, procedemos a consolidar dentro de una invariabilidad conservadora, nuestros pensamientos y planteamientos frente a la vida social, financiera, ambiental y sanitaria. Estamos sometidos a cambios profundos en la forma, pero pareciera que nuestro modo interno de convivir tiende en el tiempo a cristalizarse, a perder su elasticidad y se aleja de la esfera de los cambios para mantener la ilusión de radicar en una zona de relativo confort, dentro de la cual algunos solemos no admitir aspectos que puedan interrumpir gravemente la tranquilidad alcanzada.

Esta es la síntesis de una paradoja resumida en la frase famosa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. En ella se condensa la vocación del conservadurismo inteligente por encauzar cambios inevitables de modo que no arrastren consigo estructuras de poder que aspiran a la permanencia. Vale decir, de la idea profunda que persigue el mantenimiento de las estructuras del poder mediante aparentes cambios en la superficie y que se re-instala en los períodos en que emergen situaciones de tensión en la convivencia social.

En este superficial sentido de cambio, el consenso se rompe, los vínculos de confianza se debilitan, los recelos se agrandan y los enfrentamientos se hacen cada vez más ásperos. Se establecen así condiciones para que un escenario agrietado y angustiante aparezca como inevitable y diluya la posibilidad de revisar el fondo de los problemas que aquejan a la especie humana. Se suma como actor clave, una opinión pública disociada e individualista, informada y muchas veces desinformada por medios masivos de comunicación social.

En este contexto, es necesario poner el acento de la discusión en el aspecto crítico de la condición humana, en donde la indispensable fraternidad alcanza más que nunca una exigencia social de gran magnitud. Como línea de pensamiento humanista y laica, sostenemos que ésta se encuentra profundamente determinada por un tiempo en el que se ha perdido la capacidad de asombro ante lo que pasa frente a nuestros ojos, producto de todos los cambios que ocurren, han ocurrido y seguirán ocurriendo, muchos profundamente radicales, donde pareciera que todo se vuelve inasible y cuando nada parece dar suficientes certezas sobre lo que nos depara el porvenir. Es clave en momentos de cambios intensos, considerar la contribución a la condición humana de los sublimes ideales de libertad, fraternidad, caridad, solidaridad e igualdad, los que pueden contribuir a satisfacer nuestras necesidades humanas fundamentales. Estos son cambios profundos, no superficiales.