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Compartimos, como todos los viernes,  la columna de opinión que el Gran Delegado Jurisdiccional de la región de Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, escribió para el diario El Pingüino  de la región de Magallanes.

Las condiciones que actualmente impone el verano y el concepto asociado de vacaciones, nos lleva de la mano a los globales y humanos anhelos de descanso, relajación, libertad y esparcimiento, alejándonos con ello de la fuerte y negativa carga que impuso un año marcado por la Pandemia y las pesadas incertidumbres sociales y financieras.

Aun así y entremedio de la sana y más que justificada algarabía que provoca el espíritu veraniego, no dejamos de recibir de tanto en tanto, las notas de fondo que provoca la pesada realidad que no sabe de vacaciones, y que nos hablan, más bien nos recuerdan, de algunas deudas colectivas pendientes con el medio ambiente o de algunas decisiones inconclusas respecto de las desigualdades de todo tipo que aun forman parte del colectivo societario.

Después de estar subyugados todo un año por preguntas y demandas que, en la mayoría de los casos, no tuvieron respuestas certeras y creíbles, quizás vale la pena contar con un breve período de tiempo en el cual podamos diluir nuestras responsabilidades individuales y colectivas pero que, a su vez, nos estimule a generar algún valor para el siguiente tiempo que nos espera ineludiblemente a partir de mañana.

Así, en este tiempo de ocio al cual tenemos innegable derecho, también valdría la pena disponer de toda la natural inquietud humana para intentar llegar a un pronóstico coherente de las consecuencias que las tendencias actuales tendrán en el futuro.

Por muy personales o locales que sean ellas, siempre habrá un efecto secundario en la familia, en el grupo de amigos, en el barrio, en la localidad, en el país y en el mundo, ya que sabemos que aquí estarán involucrados aspectos centrales como las aspiraciones laborales de cada uno, el modo de empleabilidad, un nuevo concepto de trabajo, de comercio, de productividad, del control de ella y, por supuesto, de la educación y la salud. Igualmente, seremos muy dependientes de la explosión de la Inteligencia Artificial y del modelo de predicción global de sentimientos y deseos individuales derivado del manejo de datos personales a gran escala.

Puede que ello no sea motivo de preocupación en este verano, ni en el resto del año, pero será la tendencia en un mundo globalizado, en donde la condición de local genera cada vez más señales de penuria y de degradación social; y esos son síntomas que debería preocuparnos aún en épocas de vacaciones. Como señala Z. Bauman, ser “locales” es un trance que no resulta agradable ni soportable en un mundo en el que los “globales” dan el tono e imponen las reglas del juego de la vida.

Por tanto, es un tema que debería estar dentro de nuestras preguntas o inquietudes cotidianas a menos que, claro está, el mantener una cierta capacidad de diálogo frente a la modernidad globalizadora y sus consecuencias progresivas en la realidad social que vamos a enfrentar, no esté dentro de nuestro actual panorama de vida.

Sin embargo, las crecientes demostraciones de crisis ambiental, social y sanitaria a las que estamos sometidos sin interrupciones, deberían conducir a cuestionar las preguntas evidentemente incuestionables acerca de nuestro modo de vida, como un servicio urgente que debemos a nuestros congéneres y a nosotros mismos. Para ello se requiere, como señalara el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, de un enorme esfuerzo para construir una ética de la vida, que involucre a todos los seres humanos en la preservación de la dignidad humana y del planeta que nos cobija.