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Destacamos, como ya es tradicional,  la columna de opinión que el Gran Delegado Jurisdiccional de la región de Magallanes, Carlos Ríos Cardoza, escribió para el diario El Pingüino  de la región de Magallanes, Compartimos la transcripción de la publicación a continuación:

El pasado 27 de enero se cumplieron 265 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, ampliamente conocido incluso popular, con más de 600 célebres aportes a la música, considerada como clásica por los eruditos, logrados en tan sólo 35 años de vida. Casi tres siglos después, sus contribuciones a la humanidad siguen vigentes, aún se interpretan y todavía son capaces de despertar y movilizar sensaciones y emociones de manera muy directa.

Desde luego, forman parte del incuestionable y distintivo acervo cultural valioso al menos para, como señala Marcelo Arce, “esa inmensa minoría que ama la clásica música” y que, porfiadamente y desde estilos muy diferentes, siguen construyendo y acrecentando algunas individualidades destacadas de nuestra humana especie.

Puede resultar común señalar que la música, y no sólo la del francmasón Mozart, es herencia y derecho de todos y que ella pesa fuertemente en nuestra sociedad en la medida que la emoción de los músicos creadores y de los intérpretes, transfiere la realidad, a veces oscura y otras resplandecientes, a notas de armonía que dejan un arco de esperanzas por sobre un oscurantismo que, de tanto en tanto, nos sobrecoge, nos inmoviliza y nos violenta.

El mismo M. Arce redefine a la música como energía racional y emotiva, que no requiere ninguna explicación y que sólo nos exige sensibilidad en el momento adecuado. Armonía y sensibilidad se constituyen así en los dos elementos claves que hacen interactuar al individuo humano en un espacio en donde el entendimiento, más que el saber, nos permite recrear, generar e inclusive soñar, un mundo y una sociedad que da cabida a los ecos de una música, de cualquier música, por sobre los ruidos y la cacofonía que imperan sobretodo en momentos de crisis.

Las propuestas clásicas de Mozart, por ejemplo en la Flauta Mágica, o la de John Lennon en Imagine, distanciadas en siglos y en condiciones sociales y ambientales, se basan en una construcción de armonías desplegadas en acordes, retornos simétricos y presencia constante de un mensaje que se hace universal e infinito, y han sido capaces de trascender abriendo, cada uno en su tiempo, las ventanas para renovar las aspiraciones de una humanidad que tan sólo aspira a enaltecer la dignidad de lo humano para construir un mundo no sólo imaginariamente mejor.

El Gran Maestro de la Gran Logia de Chile ha señalado que la armonía es otro de los valores esenciales que la Masonería acoge en su universo simbólico como un desafío y una tarea, en la perspectiva de la realización humana, tanto material como espiritual.

Así, la armonía no solo se eleva a una indiscutible cualidad estética, sino también a la imprescindible cualidad ética, es decir, a un atributo de las acciones humanas realizadas con los detalles armónicos de los más nobles propósitos, en el plano de lo social y en toda forma de convivencia.

Ello implica valorar significativamente todo proceso en donde la armonía pueda contribuir al desarrollo de una sociedad o de un país y cada vez que su esencia sea considerada como pieza insustituible para el crecimiento de la sensibilidad individual y colectiva. Es fundamental generar los espacios necesarios para que la armonía sea un aliciente para facilitar la igualdad, la fraternidad y la libertad, sensibilidades indispensables para la realización creativa de toda obra humana.