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Columna de Opinión de Carlos Ríos Cardoza, Gran Delegado Jurisdiccional de Magallanes de la Gran Logia de Chile.


Una sociedad, tal como la que hemos construido entre todas y todos, no puede pensar sino que el tiempo de la actual pandemia ya ha sido demasiado largo. A pesar de nuestra amplia y larga historia de pandemias que han durado años y otras aún permanecen intactas pero controladas en nuestra humanidad, aún no tenemos claridad respecto de cuanto debemos esperar para salir adelante de las angustiosas situaciones que resultan de las indignas muertes, de los efectos profundos en la economía personal y colectiva, de las limitaciones de los espacios soberanos de libertad, del distanciamiento social y afectivo. Es una realidad dramática que nos ha tocado enfrentar, estando insertos en un mundo que construimos creyendo en la existencia de esquemas globales, simetrías y leyes generales inmutables.

Con la globalizada pandemia hemos descubierto una vez más lo mutable, lo temporal y lo complejo pues, contra todo lo que hemos tratado de crear, estamos integrados a un planeta que funciona no como el propio hombre o mujer quiere. Por el contrario, la organización y la estructura de la propia naturaleza nos ha demostrado, a través de toda la historia, que la esencia básica de ella es el azar y la irreversibilidad de todos los fenómenos naturales.

En este contexto natural, el tiempo, medido con la urgencia humana, se vuelve inevitablemente escaso, determinando una conflictiva y no resuelta demanda por soluciones efectivas y por el rápido retorno de beneficios. Pero, esto no sirve para suplantar las necesidades cotidianas e inmediatas surgidas muy rápidamente, en cuestión de meses, y que tienen que ver en gran medida, con condiciones de salud, alimentación y trabajo logradas en décadas de contradicciones sociales y políticas.

Los nuevos parámetros impuestos por un agente externo a nuestras más íntimas convicciones sociales y políticas, han hecho resurgir las asimetrías sociales y económicas, han determinado que las urgencias de sobrevivencia vuelvan a basarse en las acciones locales y en las decisiones personales pero conjuntas y han puesto en evidencia que, ni siquiera la globalización, es capaz de definir con precisión el término de la tempestad pandémica.

En estas condiciones, estamos enfrentando un vertiginoso cambio social y político, con todas sus incertidumbres e inseguridades pero que cuestiona, aparentemente, la premisa establecida de que no nos necesitamos unos a otros para alcanzar algún tipo de plenitud social o realización humana.

Pareciera que esta crisis sanitaria nos ha vuelto a poner en un plano natural, dentro del cual debería darse un nuevo paréntesis para retomar la antigua idea de que la vida tiene espacio sobrado, y nos da el tiempo necesario, para ejercer el derecho a la tolerancia, a la fraternidad y la filantropía. Estos valores son esenciales para, en palabras del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, producir hechos morales, los cuales pueden tener consecuencias políticas y por tanto pueden repercutir positivamente en el estilo de sociedad que debemos comenzar a reconstruir en el presente y para el futuro.

Fuente: Diario El Pingüino