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“Todos los reconocimientos y distinciones de que he sido objeto, los he recibido con agradecida humildad porque estimo que tanto mi trabajo académico como mi trabajo masónico, siempre fueron de entrega desinteresada, sin vanaglorias ni arrogancia, pero invariablemente con el sustento de los elevados principios y valores tan entrañables para nosotros los masones”, Heriberto Fernández Jaramillo.

Versatilis altum podría ser la marca registrada que definiera a este Masón. Un investigador científico ávido e incansable, poeta, escritor, un contemplador que le permite tener una mirada integradora entre la ciencia, la filosofía y la poesía. Hoy, a las múltiples tareas, por el confinamiento obligado, ha sumado la de leñador. Cada día pica algo de leña para enfrentar el frío otoñal del sur y, de paso, para hacer ejercicio. Vive en el mismo barrio en Valdivia desde 1970. Como Zalo Reyes no se cambia ni de casa ni de barrio. Lo dice con simpatía, con una sonrisa que produce el disfrute y la sensación de que todo lo que hace tiene un propósito.

Siente que la sociedad ha perdido ciertos rigores, que vivimos en la era de la inmediatez; mientras más rápido se avanza mejor, sin importar cómo. Falta una óptica valórica, una manera de construir, de hacer las cosas, de hacer la vida. Pareciera que nos faltara el verbo como hilo conductor; sin él, no dialogamos, no se da la integración en la sociedad. “La comunicación es el verbo, expresa el pensamiento, sin él no hay expresión ninguna. Se puede pensar, crear una teoría, pero si no se expresa y queda confinado, no sirve. Todas las civilizaciones y las etnias tienen su propio verbo, es una creación humana, el verbo une el otro y el otro une al otro”, añade Fernández. Se refiere al “logos” aristotélico, que fue traducido en lenguas romances como “verbo” del latín verbum, que puede ser considerado, además, como modo de persuasión, relato dirían algunos en la actualidad.

Reconoce que los avances de la ciencia y la tecnología han ido cambiando nuestra imagen del mundo con una velocidad tal que al ser humano se le hace cada vez más difícil entretejer armoniosamente el tapiz de la convivencia social y el de su propia existencia.

De la pesca deportiva a Masón

No proviene de un hogar masónico, aunque cree que los valores humanistas que le inculcaron sus padres están en concordancia absoluta con los de la Masonería. Ni en su familia paterna ni en su familia materna, ambas largas, había masones. Lo que sí encontró fueron modelos que bien pudieran haber llegado a ser principios masónicos.

La pesca deportiva sería lo que lo llevaría a la Masonería. Después que comenzó a trabajar en la universidad se inscribió en el Club de Pesca y Caza “Cutipay”, fundado e integrado por varios masones. Fue elegido secretario del club y ante su buen desempeño en el cargo, que no pasó inadvertido, pronto fue invitado a ocupar el cargo de secretario general de la Asociación Provincial de Pesca y Caza cuya directiva, supo mucho después, eran todos masones que pensaban que Heriberto también lo era o había sido.

Trabó una buena amistad con el presidente de la Asociación lo que dio pie a que él le preguntara si creía en Dios, en una oportunidad en que regresaban de una jornada de pesca. ”Mi respuesta fue que estaba en la búsqueda de poder responder a esa pregunta y que, además, era una cuestión personal. Luego me preguntó si conocía la Masonería.  Dije que no tenía conocimiento de ella y solo había escuchado comentarios extraños, incomprensibles para mí y que lo más concreto y entendible que había escuchado era que se oponía a la Iglesia Católica. Cuando me preguntó si querría ingresar a la Masonería, le respondí que mal podía tomar una decisión si no conocía de qué se trataba. Me pasó unas revistas que encontré difíciles de leer. Mi visión cambió cuando me presentó al Hermano Iván von Liftner Zarjezcky -a la sazón segundo vigilante del Taller, un gran segundo vigilante- quién me dio una imagen comprensible de la Orden y sus motivaciones y objetivos. De inmediato me sedujeron -y sigo seducido por la Orden- y no dudé en aceptar la invitación”, complementa Fernández. De eso, hace ya 43 años y aquí estamos, siempre en la senda y siempre fascinado con y por la Masonería”, complementa Fernández.

Ingresó a la Institución el 19 de julio de 1977, en la Logia Hermógenes del Canto Aguirre N°132 de Valdivia. Fue el primero de la familia en ingresar a la Masonería. De eso, hace 43 años, en que ha transitado por diversos cargos, no sólo en Chile sino también en Logias extranjeras.  En la actualidad es Consejero del Gobierno Superior de la Gran Logia de Chile, cargo al que le solicitó que postulara el Gran Maestro Sebastián Jans Pérez.”Siempre en la senda y siempre fascinado con y por la Masonería”, añade este Hermano.

Hoy en su familia se suman más masones. El esposo de una hermana de su madre quien, ya había sido invitado, pero, por desconocimiento, no había aceptado. Llegó a ser Venerable Maestro de su logia. Hace poco supo que una prima se integró a la Logia Femenina.

Peñi cosmopolita

Al inicio pensó que este mundo nuevo en que se había insertado, que sabiéndolo jerárquico, era un mundo estático. Reconoce fue craso error porque la Masonería es un espacio especial, dinámico, creado por el hombre y para el hombre, que le entrega a cada cual todas las posibilidades de crecimiento interior. Esto se traduce en una transformación progresiva y evolutiva que se hace patente en la medida que el hombre que ingresa a la Institución alcanza nuevos y superiores planos de conciencia. El proceso formativo de la Masonería pone al Hermano en el camino ascendente que lo lleva a la auto perfección ética y a la capacidad de encontrar la verdad que, como la luz, podrá descomponerse en diferentes colores en el prisma del alma de cada uno.

“Una de las cosas que hace fascinante a la Masonería es su movimiento constante y permanente. Esa posibilidad de crecer interiormente ensanchando dinámicamente los horizontes personales, genera sinergia con los valores que cultivamos en la Masonería haciendo más efectiva nuestra incidencia en el medio social. En resumen, encontré un espacio que entrega la posibilidad de superar nuestra limitada condición humana y que, por añadidura, es una escuela, que siempre he definido como una escuela de vida que nos entrega la capacidad de ejercer un magisterio para avanzar hacia la perfectibilidad propia y colectiva, un magisterio para vivir la vida de mejor forma en nuestra permanente búsqueda de la felicidad”, reflexiona Fernández.

Como la Masonería es de carácter universal, también encontró aquí un espacio sin fronteras. Donde quiera que fuese, siempre encontró Hermanos dispuestos a compartir y a vivir juntos los valores e ideales masónicos.  Lo ha comprobado en sus tantos viajes derivados de su trabajo profesional.

Cuenta que cuando se fue a Brasil a continuar estudios de Postgrados, ingresó a la Logia  Renascer Ibérico N°220 de la Gran Logia del Estado de Sao Paulo. Allí recibió el grado de Maestro y llegó a ser Orador de ese Taller. Por su origen de Logia Operativa, integrada por Hermanos Republicanos exiliados después de la guerra civil española, todos los Hermanos se reconocían por un nombre simbólico, costumbre que se mantiene hasta hoy día. Después de haber sido afiliado, adoptó el nombre Peñi (hermano en mapudungun). “Mi paso por esa logia, integrada solo por Hermanos Españoles Republicanos, fue una experiencia extraordinaria en lo humano y lo masónico. Siempre he pensado que la Masonería es un conjunto de ideales y que llegar a ser masón es, en sí mismo, un ideal. He encontrado en la Masonería ese espacio para trabajar el ideal de llegar a ser masón”, acota Fernández.

Ciencia versus filosofía

Cuando hablamos de la compatibilidad de ciencia versus filosofía, los recuerdos retornaron a la época de estudiante secundario, en el Instituto Alemán de Frutillar, y luego en el Liceo de Hombres de Temuco en 1962. Se matriculó en el cuarto biológico, pero a pesar de esta inclinación, con el tiempo descubrió que tenía interiormente un gran componente humanista. Obtuvo el primer premio en poesía del liceo con un poema dedicado al ciclo de la vida, nacer...vivir…morir…, inspirado, justamente, en las materias que se trataban en el ramo de filosofía. “Pienso que esa combinación se ha ido dando naturalmente desde aquel tiempo y ahora, después de tantos años, pienso que el pensamiento filosófico y el pensamiento científico van de la mano, pues ambos buscan la verdad. Puede que sus métodos sean un tanto diferentes, pero el rumbo y la búsqueda tienen el mismo objetivo, encontrar una verdad y el afán de encontrarla, nace siempre del interés del ser humano que la busca. La esencia del buscador es la misma, aunque los caminos de su búsqueda personal parecieran distanciarse o bifurcarse. Desde mi punto de vista, eso no es así ya que, para mí, estas son búsquedas complementarias que, en un mismo ser, crean sinergia que se traduce en conocimiento”, añade Fernández.

Esta unión y sinergia que ha producido en su vida entre ambas disciplinas queda plasmada en los poemas y cuentos que ha escrito. Su primera publicación fue en la revista Polen de la Universidad de Guanajuato “Cita para un epílogo”. Luego vino el cuento “El Sembrador que fumaba”, el que obtuvo mención honrosa en el Concurso de Cuentos Juan Bosch el año pasado. Estima que probablemente esta afición por escribir es herencia de su padre, quien recitaba poemas de Manuel Blanco Belmonte y solía escribir, a lápiz, sus propios poemas en las hojas en blanco del libro Azul y Abrojos de Rubén Darío. Actualmente, tiene otros proyectos en ciernes relacionados a la literatura.

Academia

La Academia ha sido un oficio para este Doctor en Ciencias. Requiere ciencia, técnica, pensamiento y reflexión con un acercamiento o abordaje filosófico. Entonces, exige aprender de lo ya escrito y requiere aprender de lo observado, de los viajes diarios entre el micro y el macrocosmos, del ir y venir cotidiano entre el mundo invisible que vibra detrás de la lente del microscopio y este mundo al cual debemos entregar nuestro afán, en su caso, de albañil, de artesano y obrero de paz de la microbiología, inserto en la academia y en la ciencia, con la  responsabilidad de crear, de abrir caminos y de formar personas para el saber y para la ciencia. Y eso, no puede hacerse sin que haya un acercamiento al mundo filosófico. En la sociedad contemporánea, especialmente en la occidental, que practica la división del trabajo, existen funciones especializadas -oficios, artes, profesiones- que, a ojos de la gran mayoría aparecen dentro de la misma sociedad como estancos separados, inconexos o aislados entre sí. “Pienso que hay en esta apreciación un gran equívoco. Todas ellas son actividades humanas y, el ser humano no es una serie de compartimentos, es un todo que siente, piensa y se emociona. Aquel que tiene verdadera formación científica puede apreciar la estética del artista o el mensaje del filósofo y éstos, a su vez, no lo son para entender la verdad del postulado científico. El denominador común entre artista, filósofo y científico es el hombre que está dentro de ellos. Ninguna actividad humana debe perder de vista a quien la genera y por encima de todo, sobre quienes influye. Me parece que en esta premisa encontré o aprendí, de manera natural, conjugar ciencia y filosofía”, concluye Fernández.

Sólo Hitos

Prefiere no llamarlos logros sino solamente hitos, cuando se refiere este Consejero a los múltiples reconocimientos y premios recibidos tanto en su vida masónica como profesional.

En cuanto a lo masónico, cuando se es iniciado se comienza a caminar por una senda de formación que tiene un sentido y tiene hitos que son los distintos grados. “En lo personal siento que ir avanzando en la escala gradativa también son hitos que se cumplen y no los califico como logros. Son hitos que conllevan otras responsabilidades que hay que cumplir, como también considero que ocupar cargos en la logia son también responsabilidades que hay que cumplir y que no deben ser considerados como circunstancias para llenar los egos”, reflexiona Fernández. Ha servido varios cargos en la Logia, entre ellos el de presidente. Actualmente ocupa un puesto en el Consejo de la Gran Logia, cargo que trata de cumplir con responsabilidad en beneficio de la Institución y de su Hermanos. Entre estas responsabilidades estuvo el presidir la comisión encargada de organizar el Simposio Internacional de la VI Zona de la Confederación Masónica Internacional “El impacto de la tecnología en la educación y el empleo”. El año pasado, a petición de su Logia, la Gran Logia lo distinguió con la medalla José Victorino Lastarria en reconocimiento a su trayectoria académica de casi 50 años en las aulas y laboratorios universitarios.

Como microbiólogo ha tenido la experiencia de varias cosas importantes en su vida académica, las que considera que han surgido solo del tratar de hacer bien las cosas, ajustadas siempre a los valores y preceptos masónicos. Organizó en Valdivia dos congresos nacionales de microbiología, formó parte de dos comités consultivos de la Organización Mundial de la Salud, es miembro correspondiente de la Asociación Argentina de Microbiología, recibió varios premios entre ellos el Premio "Colegio de Tecnólogos Médicos de Chile, Área Académica-1984", Premio a la creatividad y productividad científica, Universidad Austral de Chile; Premio Cincuentenario Universidad Austral de Chile: Distinción como el egresado más destacado de la Facultad de Medicina; Distinción de Reconocimiento a la Trayectoria de la Sociedad de Microbiología de Chile y Distinción de Reconocimiento a la Trayectoria Profesional y Académica del Colegio de Tecnólogos Médicos de Chile. “Lo que sí puedo decir que es logro, es el sentir y saber del reconocimiento de mis estudiantes y lo llamo logro, porque para mí, eso es trascendencia y tiene valor humano”, aclara Fernández.

Pandemia y país fracturado                                                     

Esta pandemia, con la crisis sanitaria que genera, sorprende al país ya fracturado por una crisis no resuelta, derivada del estallido social de octubre. La crisis sanitaria aquieta el movimiento social y centra la mirada en la salud pública y en los distintos miedos que afectan a la población, miedos asociados al encierro de la cuarentena, a la incertidumbre de cómo seguirá la vida, de cómo se seguirá afectando el bienestar social, de las consecuencias de la recesión económica que se anuncia, a la falta de una vacuna que asegure protección. “Es una pandemia que ha atacado de manera diferente a todas las otras pandemias registradas y su agente causal, un virus zoonótico denominado SARS-CoV-2, que salta del animal silvestre al hombre, presenta una inusitada capacidad de contagio y transmisibilidad que hace difícil su control y el manejo de la cadena epidemiológica. Sobre la enfermedad -COVID-19- y sobre su agente, aún queda mucho por aprender y solo habrá un verdadero control cuando se cuente con una vacuna efectiva y eficaz. Hoy día hay una carrera científica para producir pronto una vacuna. Sin embargo, desarrollar una vacuna es un proceso largo, complejo y de alto coto. Hasta que no exista una vacuna confiable, debemos utilizar las herramientas epidemiológicas de contención de la transmisión, lo cual importa un cambio en el comportamiento de las personas”, añade Fernández.

Muchos se preguntarán si el cambio de comportamiento y las restricciones aplicadas hasta ahora son necesarios. También habrá presiones para que las restricciones se levanten lo más rápido posible y muchos optarán por romper las reglas o las recomendaciones sanitarias. De hecho, eso lo vemos a diario en las noticias y, evidentemente, son factores que aumentan el riesgo de transmisión. Los líderes deben estimular el cumplimiento de las reglas. En ese sentido, la Gran Logia, como reservorio ético de la república, a través de varias declaraciones ha hecho esa tarea poniendo en alerta a la sociedad, tratando de crear conciencia responsable frente a la pandemia y llamando a privilegiar la ética de la solidaridad y el humanismo. “Ciertamente, esta crisis que hoy nos agobia, tendrá que traer un cambio en las sociedades dejando atrás el individualismo, la competitividad exacerbada, el morboso afán de encandilarse con el falso brillo del oropel del consumismo. Esta pandemia es una batalla que se gana comunitariamente, todos trabajando juntos para protegernos, para aprender sobre la enfermedad y desarrollar herramientas para combatir su avance, buscando caminos de equidad, de protección de las comunidades más pobres y de las minorías raciales y de las comunidades de inmigrantes, asegurando el bien común en las políticas públicas y salvaguardando la dignidad de todo ser humano. He ahí la tarea concreta de todos los masones frente a esta pandemia. Cuidarse y cuidar al otro y en esa tarea, hacer florecer con vigor irrenunciable los altos valores de la Orden. Como bien lo ha expresado el Gran Maestro,  Sebastián Jans Pérez, “Juntos nos cuidamos, juntos nos levantaremos”.

Masonería ad infinitum

Un masón no termina de aprender, no termina de enseñar ni de buscar la verdad. Debe perseverar porque desde aprendices a maestros, todos caminan por la misma senda, trabajando por la perfectibilidad, interesados en contribuir a la construcción de una sociedad laica, más humana, y donde los masones deberían ocupar un lugar de avanzada en el proceso evolutivo de esa sociedad. Independientemente de nuestra edad masónica, la tarea sigue inconclusa; la Masonería está más vigente que nunca. Se aprende en el interior y se hace en el exterior. “Cuando respondamos la pregunta “hacia dónde voy” los invito a hacerlo con absoluto convencimiento diciendo, vamos al encuentro del futuro para seguir aportando, con fuerza y vigor, a construir un mundo en paz, más humano, más culto, más sano, más fraternal, más justo, equitativo y solidario”, finaliza Fernández.