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La Masoneria chilena se encuentra por estos días conmemorando y celebrando el CLVIII de la fundación de la Gran Logia de Chile, en diversos actos telemáticos a través del país.

Es el momento de reflexionar en aquello que los cronistas e historiadores recuerdan con poco detalle, ya que las actas de aquella memorable fecha del 24 de mayo de 1862, se las llevó la tragedia de un Valparaíso en los suelos y en medios de incendios incuantificables, cuando la telúrica fuerza de la tierra sacudió sus cerros de manera implacable, en dos oportunidades, el 16 de agosto de 1906.

Los archivos de la Gran Logia, cuando aún no transcurría medio siglo de su historia, fueron devorados por las llamas, en medio de una ciudad con miles de porteños en conmoción y sufrimiento, sin capacidad de sofocar todos los focos de fuego del plano de la ciudad y de los cerros.

De allí que los cronistas e historiadores no hacen un relato de lo que ocurrió ese día o esa noche, del 24 de mayo de 1862, en Valparaíso. Todas las referencias, de distintos documentos solo mencionan la fecha, pero no hay un relato que recrear desde un acta.

Benjamín Oviedo, hace mención a que, el 29 de abril de 1862, hubo una primera reunión de representantes de logias de Valparaíso, Copiapó y Concepción, que, en un número de 30, se reunieron y acordaron formar la Gran Logia de Chile, y en nota de referencia señala que representó a Concepción el masón Enrique Pastor López y conjetura que Copiapó fue representada por el masón Enrique Villegas. Luego, señala que el 24 de mayo inmediato, la Gran Logia “se instaló solemnemente” bajo la dirección de Grandes Dignatarios “elegidos conforme a las prácticas masónicas, para regir los destinos de la Masonería chilena durante el primer periodo de su existencia”.

Manuel Sepúlveda Chavarría, en sus “Crónicas”, en tanto, habla de la reunión de los 30 masones el día 24 de mayo. Reconociendo “rehacer casi sin antecedentes” supone la asistencia a esa reunión de un grupo de destacados masones de las dos logias porteñas concurrentes a la fundación y algunos de ellos en nombre de las logias de Copiapó y Concepción.

En su obra, sin embargo, rescata el primer documento que emanara de ese grupo de autoridades masónicas, fechado en “el Oriente de Valparaíso, el 01 de agosto de 1862”, bajo la firma del joven Gran Maestro Juan de Dios Arlegui, de 35 años de edad y 8 años de vida masónica, y del Gran Secretario Manuel Medina, dirigida a diversos Poderes Masónicos, donde expresa que masones comisionados por las cuatro logias fundadoras “se reunieron en Asamblea Masónica el 24 de mayo último y acordaron la constitución de la Gran Logia de Chile”, misma fecha en “la cual celebró su tenida solemne de instalación”.

Desde entonces, la Francmasonería chilena ha tenido un rumbo que ha mantenido un vector de creciente institucionalización, aunque sin dejar de vivir amenazas y acechanzas, producto sin duda de escenarios adversos o de decisiones erróneas que devienen de la condición humana de quienes deben conducir su curso por las aguas arremolinadas del tiempo histórico sea extra o intramural.

Hoy enfrenta el desafío institucional de esta pandemia que afecta a toda la Humanidad. Lo hace en la reafirmación del trabajo de las logias, a través de las plataformas telemáticas, para seguir cumpliendo con sus responsabilidades formativas, pero impedidas de cumplir con los procedimientos iniciáticos que caracterizan el hacer masónico.

Lo hace también en la rectoría del deber masónico que debe cumplir cada uno de sus miembros, para aportar con las conductas que se exigen a cada masón, como un ciudadano comprometido con la República y la sociedad, en una labor bienhechora sustentada en virtudes morales expresadas en el Humanismo, en la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.