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Fue cortejado por cientos de masones, familia y amigos quienes le dieron el último adiós a sus restos en el Cementerio General.

En una mañana soleada pero triste, se despidieron los restos de Carlos Cortés Barrios, ilustre y poderoso hermano como fue definido por uno de sus pares. La Masonería está de duelo fueron las primeras palabras del Gran Oficial de Ceremonias, Mario González.

Los asistentes, todos de pie, quisieron expresar su cariño, afecto, fraternidad por este destacado masón quién dejó un legado de tolerancia y justicia para las futuras generaciones. Más de nueve discursos de los más altos representantes de la Gran Logia, Consejo Supremo, PDI, Universidad de Chile y su hija Soledad dieron un merecido realce a la figura de un educador y masón quien, paradojalmente, mantenía una proverbial distancia con los elogios.

Al término de la ceremonia y de acuerdo a los simbolismos de la masonería, se invitó a la cadena de unión, que hoy estaba rota, porque uno de sus eslabones ya no existía.

Con una solemnidad recogedora, se preguntaban qué hermano no respondía a la voz que lo llamaba, mientras el resto replicaba que era el querido hermano Carlos. La respuesta estaba ahí: el hermano ya no existía, viajaba en las tinieblas y sólo el Gran Arquitecto podría devolverlo a la luz.

Con pétalos que cada asistente depositó en el féretro, se comenzaron a retirar cada uno de los asistentes. Nadie habló, nadie dijo nada: el silencio ocupaba el sonido del hermano Carlos.