El 5 de diciembre el Gran Maestro, Sebastián Jans Pérez, realizó una exposición sobre “El Altruismo” invitado especialmente por el Rotary Club de Santiago, en el Club de La Unión.

En la oportunidad, el representante de la masonería chilena, le hizo entrega una medalla recordatoria de la Gran Logia de Chile al presidente de la institución rotaria santiaguina, Marcelo Carter, quienes se demostraron muy agradecidos por la visita y la presentación.

Compartimos íntegramente el discurso del Gran Maestro :

 

 

EL ALTRUISMO

            Quisiera agradecer sinceramente la honrosa invitación que se me ha formulado, por parte del Rotary Club, de Santiago, para estar aquí el día de hoy.

            Es motivo de alegría, por cuanto el Rotary Club se halla ad portas de cumplir un siglo de existencia, dedicado a servir a la humanidad, a promover la ética, la paz y la buena voluntad, objetivos en los que coincidimos también los hermanos masones a quienes represento.

            La Masonería es una agrupación de personas bondadosas, dedicadas al ejercicio de la caridad y a la práctica y la difusión de la tolerancia.

Los masones trabajamos con denuedo, sobre nosotros mismos, intentando convertirnos en practicantes severos de todas las virtudes.

            Estas coincidencias son las que me impulsaron a aceptar con entusiasmo la invitación del Rotary Club de Santiago.

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            Se me ha pedido que hable sobre altruismo, lo que, de por sí, es un gran desafío, pues debo hablar sobre altruismo a los rotarios, los altruistas por excelencia.

            Se ha definido al altruismo como la tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio.

            Sin embargo, esta definición ha hecho que algunos crean que el altruismo es contrario a la propia naturaleza del hombre.

            Definido como el lobo de su propia especie, el ser humano ha cargado sobre sí el estigma de ser el causante de horrores indescriptibles para sus congéneres. Se le ha clasificado más veces como egoísta, que como generoso; más como individualista, que interesado en el bien común.

            Sin embargo, aunque la naturaleza humana pudiera inclinarnos hacia la satisfacción de los personales intereses y la búsqueda del placer, la sociedad, la vida en común y las propias enseñanzas de quienes nos tuvieron a su cuidado durante la infancia – salvo que hubiesen mediado sucesos inesperados – nos van inclinando hacia el bien, hacia el servicio a los demás, hacia el amor.

            En la historia de la Masonería chilena hay historias de muchas personas que consagraron sus vidas al alivio del sufrimiento ajeno.

            Uno de ellos fue un comerciante de Valparaíso, en el siglo XIX, llamado Blas Cuevas. Sus actos en ayuda de los desposeídos fueron proverbiales. Nadie que acudiera a su puerta en busca de socorro salía decepcionado.

Cuevas fue un hombre que se forjó a sí mismo. De humilde empleado de comercio, devino en propietario de una de las más importantes casas de remate de Valparaíso.  

Cuando se produjo su deceso, sus amigos, queriendo inmortalizar su memoria, fundaron una escuela para niños y niñas pobres de los cerros de la ciudad y le dieron su nombre.

Hasta el día de hoy existe este establecimiento, con el nombre de Sociedad de Instrucción Blas Cuevas.

Gracias a ese filántropo del siglo XIX, que supo inspirar con su ejemplo a otros hombres de corazón generoso, en el siglo y medio de existencia que tiene esta institución, miles de niños salieron del analfabetismo, probablemente alejaron de sí al fantasma de la pobreza y pudieron tener oportunidades en la vida.

            Por la misma época en que esto ocurría, otros hombres crearon la Liga Protectora de Estudiantes Pobres, destinada a socorrer a jóvenes deseosos de estudiar, pero cuyas familias carecían de recursos suficientes para vestirlos e, incluso, para alimentarlos.

Esta buena causa conmovió a centenares de personas que se sumaron a la iniciativa. Pronto la Liga se estableció en las más importantes ciudades del país, siendo sus principales promotores los profesores, quienes veían las necesidades de sus educandos y detectaban los talentos que perdía la patria, como consecuencia de las desigualdades.

Hoy por hoy la Liga Protectora de Estudiantes Pobres no existe, pero en distintas ciudades la idea ha sobrevivido con otros nombres y con el empuje solidario de personas bondadosas.

En Valparaíso, lleva el nombre de Banco de Solidaridad Estudiantil, que se sostiene gracias al aporte de cientos de mis hermanos, y que entrega vestuario y asignaciones en dinero a miles de estudiantes.

Esta institución solidaria acoge el espíritu altruista de muchas personas que desean aportar, con trabajo voluntario y con dinero, para que otros alcancen mejores niveles de vida.

Y para no salir de Valparaíso, quisiera referirme a una institución fundada por mis hermanos, en 1880, con el nombre de Unión Masónica para la Propagación del Salvamento de Vidas de Mar y Tierra.

Fundada para premiar con medallas los actos heroicos y desinteresados de quienes arriesgaran sus vidas para salvar las de otros, la Unión Masónica entregó estos reconocimientos a muchos salvadores espontáneos en distintas ciudades del país.

Héroes que de otra forma habrían pasado desapercibidos, gracias a esta iniciativa recibieron un reconocimiento público, tras ser propuestos sus nombres por la comunidad beneficiada con su generosidad.

Sin embargo, más allá de constituir un estímulo a quien recibía el homenaje, este reconocimiento servía para fomentar el altruismo, el sacrificio por nuestros semejantes.

El 1886, la Unión Masónica para la Propagación del Salvamento de Vidas de Mar y Tierra resolvió convertirse en el Cuerpo de Salvavidas de Valparaíso.

Para esto compraron botes, atuendos y herramientas apropiadas, y se adiestraron para la acción directa de salvataje en el mar.

Este cuerpo de voluntarios tuvo lucidas actuaciones, salvando a muchos náufragos de la muerte.

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Los seres humanos marchamos por la vida intentando ser felices. Sonreímos ante las cosas bellas y nos conmovemos ante las tristezas. Intentamos alejar la idea de la muerte, para que la alegría no desaparezca. Desde nuestro nacimiento iniciamos un largo peregrinaje hacia metas que desconocemos. Transitamos por senderos que vamos trazando en la medida que son diseñados por nuestras ilusiones.

Vivimos.

Y la vida nos trae de todo. Nos trae hijos, nos regala nietos, nos da satisfacciones. Pero también nos trae penas, más de una decepción y sinsabores.

Y en este caminar por la vida, en alguna etapa, nos damos cuenta de que otros, como nosotros, también sonríen, también lloran, también sueñan.

Finalmente, al salir de nosotros mismos, a veces de reojo, a veces sin darnos cuenta, nos sorprendemos reconociendo que existen otros seres semejantes a nosotros. Semejantes, aunque sea en la pertenencia a la misma especie biológica. Semejantes, a veces, en los sueños compartidos.

            Codo a codo, millones de seres humanos bregamos, día a día, por la conquista del pan, por la adquisición del abrigo.

            Uno al lado del otro, avanzamos conquistando espacios, salvando obstáculos y recogiendo frutos.

            Uno al lado del otro, sembrando para repartir la cosecha común; unidos para bien de todos.

            Hasta que algún acontecimiento nefasto conmociona a la comunidad.

            Hasta que los fantasmas que nos inspiran el miedo al otro destruyen la paz de nuestros espíritus.

Las circunstancias, entonces, nos convierten en adversarios, en enemigos, en sujetos capaces de odiar, perseguir y aniquilar.

Llega el crimen, la destrucción, la guerra, el exterminio.

La historia de la humanidad está llena de páginas sangrientas que ilustran este aspecto oscuro de los seres humanos.

Sin embargo, y felizmente, también en ella hay páginas que recuerdan los actos de héroes, muchas veces anónimos, que devuelven la esperanza a los corazones aterrados, para guiarlos hacia etapas más felices.

            Estos héroes resumen en sus acciones lo mejor de las personas. Irradian bondad, promueven el respeto a las ideas ajenas, ejercitan la caridad.

            Muchas veces no saben por qué lo hacen.

            Ni siquiera saben que sus actos son distintos.

            El altruista no sabe que es tal.

            El altruista se deja guiar por la nobleza de su corazón y simplemente actúa. Tiende la mano al caído, ofrece pan al hambriento, entrega su consejo al extraviado.

            Ellos son, como dice Bertolt Brecht, los imprescindibles.

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            La Masonería, por definición, se declara humanista y pone al ser humano como el centro de sus preocupaciones.

            Quienes formamos parte de ella, nos reconocemos como hermanos.

            Nuestro anhelo es unir a todos los seres humanos, como si fuéramos una gran familia, en la práctica de una moral universal, promoviendo la paz y el entendimiento, y buscando, incesantemente, la eliminación de todo tipo de prejuicios.

            Somos una de las instituciones éticas más antiguas en la república y, como tal, estamos al servicio del país.

            Miles de masones, a lo largo de Chile, a esta hora contribuyen con su esfuerzo a construir una patria mejor para todos. 

            Cada uno poniendo el sello del honor en las obras que realiza y entregando lo mejor de sí en su trabajo.

Al término de su jornada, cada masón irá a su Logia para continuar aprendiendo e intentando ser cada vez mejor.

            Aportamos hombres de bien, para colaborar en la construcción siempre perfectible de la patria.

            Amamos a nuestros semejantes y este amor, muchas veces, como ustedes muy bien saben, deriva, casi sin darnos cuenta, en aquello que se ha definido como la tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio.

            Estamos a un año de conmemorar el sesquicentenario del martirio del primer masón voluntario del cuerpo de bomberos de Valparaíso, muerto en un incendio ocurrido en esa ciudad en 1869.

            Estamos a dos años de conmemorar el sesquicentenario del martirio del primer masón voluntario del cuerpo de bomberos de Santiago, muerto en un incendio ocurrido a esas cuadras de este reciento, en 1870.

Ambos eran hombres de trabajo. Ambos eran masones activos en nuestras Logias. Ambos, inspirados en el amor por nuestros semejantes, regalaban parte de su tiempo para servir a los otros como combatientes contra el fuego. Ambos, en cumplimiento de sus juramentos, ofrecieron sus vidas en sacrificio por el bien de la comunidad.

Tal vez algunos de ustedes recuerden a otro héroe civil, el piloto Nelson Bahamondes Rojas. Hace diez años pilotaba una avioneta en la región de Aysén, cuando el mal tiempo derribó la nave.

La lluvia y el viento habían azotado con inclemencia al vehículo aéreo hasta hacerlo golpear un cerro y caer sobre las copas de los árboles.

Durante cuatro días los sobrevivientes se protegieron con los restos del fuselaje y lograron hacer fuego con la gasolina extraída de la nave.

Los nueve pasajeros que sobrevivieron relataban emocionados que Nelson Bahamondes, a pesar de sus graves heridas, había sido capaz de darles instrucciones acertadas para que pudieran salvar sus vidas.

Al segundo día de producido el accidente, el piloto murió.

El hermano Nelson Bahamondes era miembro de la Logia Luz Austral N°61, de Puerto Montt.

Hay otros masones como él que, a lo largo de nuestra historia, han regalado sus vidas por los demás.

En nuestras Logias no enseñamos esto.

A nadie decimos que debe morir por los demás.

Solo aspiramos a que cada persona se haga a sí misma inspirada en los mejores ejemplos que otros hombres nos han dejado.

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Me alegra estar junto a ustedes.

El Rotary Club de Santiago tiene una larga historia de altruismo.

Es una institución dedicada al servicio de la humanidad. Promueve la ética, la paz y la buena voluntad.

Por eso muchos masones participan en el Rotary.

En nombre de la Gran Logia de Chile les doy las gracias por permitirme acompañarlos hoy día.

Sin duda, los propósitos que hermanan a nuestras instituciones, afines en sus objetivos filantrópicos y unidas en las buenas obras, constituyen una esperanza para la humanidad.

Me voy fortalecido al ver a tantos hombres y mujeres de bien trabajando de consuno para el bien de los seres humanos.

Gracias por el recibimiento.

Gracias por el trabajo que realizan.

Gracias por hacer de este mundo un lugar mejor para vivir.

Muchas gracias.

 

Sebastián Jans Pérez

Santiago, 5 de diciembre de 2018.

Muchas gracias.

 

Sebastián Jans Pérez

Santiago, 5 de diciembre de 2018.