En España el poder de la Inquisición, reafirmado por el fundamentalismo religioso de los borbones, la nueva dinastía en el poder, y el absolutismo político que caracteriza a la época, propició que la masoneríapadeciera persecuciones desde su implantación. Pero aun así y a pesar de tales persecuciones, hubo en España hombres que se atrevieron a constituir logias y llevar una vida masónica clandestina desafiando aquel absolutismo religioso.
La primera logia levantada en España en base a las Constituciones de Anderson, fue la respetable logia Matritense o de las Tres Flores de Lys, fundada por el duque de Wharton, Lord Coleraine, en 1728 y reconocida por la Gran Logia de Inglaterra un año después. En 1729, el mismo personaje, que era un coronel del Ejército inglés al servicio de la Corona española, fundó varias logias más en Gibraltar. En 1739, Lord Lovell, Gran Maestro de la Gran Logia de Inglaterra, nombró al hermano Jacobo Commeford como Gran Maestro provincial de Andalucía. Posteriormente se fundaron logias en Menorca, Gibraltar, Cádiz, Barcelona y en otros puntos de España.
En 1740 Felipe IV se vio obligado por la bula de excomunión del papa Clemente XII, a tener que aprobar un decreto contra la orden, el cual supuso que muchos hermanos, sobre todo de las logias de Madrid, fueran perseguidos. A pesar de esto, la masonería continuó secretamente sus trabajos extendiéndose por el resto de la península. En 1751, una nueva bula de excomunión, esta vez proclamada por el papa Benedicto XIV, dio aún mayor cobertura doctrinal a los fanáticos integristas, quienes al amparo de aquella proclama renovaron fuerzas en su campaña de persecución en contra de la Orden Masónica.
Algunas logias, sin embargo, continuaron reuniéndose en secreto, principalmente en ultramar, donde la persecución fue algo más moderada. Por ejemplo, en La Habana las autoridades –aunque temerosas de la reacción de los comerciantes extranjeros– no se dejaron someter por las presiones de la Inquisición. Es de total lógica que la condición clandestina que la orden debió tener durante esa época incidió en la pérdida de numerosos documentos que hoy podrían dar mayores luces sobre su organización. No obstante ello, se conocen algunos datos concretos como, por ejemplo, que en el año 1772 se constituyó una logia integrada por militares pertenecientes la Guardia Valona del rey y que un batallón dependiente del Gran Maestro provincial de los Países Bajos, en esa misma época, se incorporó a la organización. Aunque lo más determinante fue que en 1780, el conde de Aranda –entonces ministro de Estado– fundara el Gran Oriente Nacional de España, lo que hoy se reconoce como el primer antecedente del actual Gran Oriente Masónico Español. Aranda fue su primer Gran Maestro.
Pertenecieron a esta obediencia, entre otros: el duque de Alba, consejero de Estado; don Manuel de Roda, ministro de Justicia; don José Nicolás de Azara, embajador en Roma; don Pablo Antonio de Olavide, síndico de Madrid y superintendente de las colonias de Sierra Morena; don Melchor de Macanaz, ministro de Carlos II, Felipe V, Fernando VI y don José Moñino y Redondo, nombrado por Carlos III conde de Floridablanca. Estos nombres representan la clara influencia que la masonería comenzaba a tener en el seno de la Corona.
José I Bonaparte, a quien el vulgo llamaba “el Intruso”, fue designado por su hermano Napoleón, como Gran Maestre de la masonería francesa, extendiéndola por los países dominados y creándose así numerosas logias en la España ocupada. La semilla masónica se extendió por los cuarteles militares.
El pronunciamiento de Rafael del Riego y Núñez en el año 1820 fue preparado en las logias. El trienio liberal de 1820-1823, presidido por la figura romántica de Riego, marca uno de los mayores apogeos masónicos en España. A pesar de existir abundante bibliografía sobre la masonería hispanoamericana y muy en particular sobre la relación entre esta y los procesos de la independencia, todavía existen muchos vacíos y subjetividades. Evidentemente que la característica de la masonería de ser una organización reservada y bajo juramento de secreto, instituida ya en sus rituales, además de las circunstancias sociales y políticas de la época de la emancipación, hace difícil contar con documentación que revele datos confiables sobre su huella y real participación en los procesos. Lo que se ha llegado a conocer sobre la fraternidad en Hispanoamérica, ha sido más la consecuencia de los estudios biográficos que se han realizado sobre los personajes protagónicos de la independencia americana –varios de ellos, efectivamente iniciados en logias europeas– que por la vía de la organización misma.
No obstante, y a pesar de las limitaciones antes dichas, todavía es posible considerar algunos antecedentes que, relacionados entre sí, nos permiten visualizar algunos aspectos que relacionan a la masonería con los procesos de independencia latinoamericana, aunque sea de manera indirecta. A diferencia de Norteamérica, donde los masones estaban instalados desde larga data y sin tener la necesidad de actuar en forma secreta, la participación masónica en el sur del continente americano fue menos desinhibida y Necesariamente clandestina a causa del absolutismo clerical y monárquico que se proyectaba desde la Corona española. A esta situación se puede agregar que ambas monarquías eran bien diferentes, por ejemplo, en el ámbito de la política económica había una sustancial diferencia: mientras Inglaterra se basaba en el liberalismo, España seguía el mercantilismo.
El año 1808 llegaban a Londres las noticias de la invasión francesa a España y el consecuente desmoronamiento de su monarquía. Pero lo que más desconcertó a los ingleses, fue saber que Napoleón había instalado en el trono, nada menos que a su hermano José, dando con ello al mundo una señal de posesión absoluta sobre el vasto Imperio español.
Ante el hecho consumado de que España perdía a su rey legítimo, los colonos americanos reaccionaban propiciando las autonomías locales como mecanismo de resistencia ante el invasor. Había en esta decisión un aparente gesto de lealtad con la Corona española, animado también por el temor de que los franceses se apoderaran de los extensos territorios americanos y causaran, para los aristócratas criollos, la pérdida de sus privilegios y posesiones obtenidas por gracia de su monarca.
Dado el aislamiento en que Napoleón había puesto a Inglaterra, a esta no le quedaba otro camino –si no quería asfixiarse económicamente– que impedir la dominación francesa más allá de lo que ya estaba controlando en Europa. Se temía que tras la invasión a España, el emperador francés incorporara el territorio americano a sus dominios. Para conseguir tal objetivo geopolítico, las autoridades británicas comprendían que debían ayudar de alguna forma a esas colonias a conquistar su independencia.
Desde fines del siglo XVIII, la Corona inglesa por medio de la Compañía de Indias Orientales, venía realizando planes para la conquista de esta parte de América con el expreso propósito de insertar sus productos y manufacturas en la sociedad hispanoamericana y encontrar así una solución al fracasado intento de entrar a dominar algún territorio de América Central.
Por otra parte, estaba el objetivo británico de detener a Napoleón en su expansión, y para estos fines España y Portugal eran los aliados estratégicos y naturales que se podía tener en Europa. Ante esa posibilidad se comenzó a manifestar en Inglaterra un cierto clamor público para que la Corona extendiera sus conquistas al Nuevo Mundo, basado sobre todo en la idea de que el reino debía asegurar un equilibrio, necesario tanto desde el punto de vista militar como comercial. Inglaterra se sentía con la necesidad de abrir nuevos mercados y salvar la valla que Napoleón había impuesto con su bloqueo comercial al continente. Hispanoamérica ofrecía la oportunidad más promisoria, pero los españoles se aferraban a su monopolio porque estaban convencidos de que todo esfuerzo por preservar sus colonias de ultramar, al final, se arruinaría en el caso de que otras potencias entraran a comerciar con ellas.
Los patriotas americanos podían captar la necesidad que tenía Inglaterra de expandirse, y ante eso, ofrecían entregarles el libre comercio, y facilidades territoriales, a cambio de la ayuda para implementar su lucha por la independencia. El propio Francisco Miranda habría formulado estas proposiciones a sus amigos del gobierno británico.
La oferta ciertamente tentaba a Inglaterra, pero la necesidad de no irritar a sus aliados europeos frenaba toda acción práctica. Sin embargo, la fórmula de intervenir a través de alguna organización secreta, como la que lideraba Miranda, aunque se veía práctica, hacía surgir la preocupación de que esta, naturalmente, no pasaría inadvertida para los masones británicos, entre los cuales había figuras de tanta prominencia como el príncipe regente, quien era opuesto a la idea de que Gran Bretaña diera apoyo formal a movimientos subversivos en Hispanoamérica. Después de todo, estos movimientos inspirados en la Revolución francesa, eran opuestos al modelo de la monarquía y los privilegios de la nobleza. En la masonería inglesa estaba el futuro rey Jorge IV, quien había sido iniciado en 1787 en la logia Príncipe de Gales con el registro Nº 259EC de Londres por su tío Henry Frederick, duque de Cumberland. En 1811, el príncipe llegaría a ser Gran Maestre de la Moderna Masonería Constitucional Inglesa.
Miranda había intentado, desde 1791, persuadir a la Corona inglesa a participar en la emancipación de América. Pero tan solo en 1812 se le concedió alguna colaboración, y solo cuando ya habían ocurrido los hechos más decisivos de la invasión napoleónica a España y cuando en las colonias americanas se daban los primeros “gritos de libertad”.
Fue entonces que el parlamentario, consejero de la Corona y estratega británico, Thomas Maitland, ponía en manos de los patriotas sudamericanos la fragata George Canning, a bordo de la cual pudieron venirse a Sudamérica José de San Martín, Carlos María de Alvear y Andrés Bello, con la estrategia de poner en marcha un plan emancipador secreto. Este plan independentista había sido ideado por el propio Maitland, y tenía como idea básica arribar a Buenos Aires, ganar el puerto y dominar la ciudad; luego tomar posiciones en Mendoza; cruzar los Andes; coordinar acciones con un ejército en Chile; derrocar a los españoles y controlar el país; y finalmente continuar por mar a Perú para concretar también su independencia.
La emancipación de Hispanoamérica tuvo –según se suele afirmar– la cooperación masónica, claro que concretada más a través del pensamiento revolucionario y libertario de la masonería francesa encarnada, que a través de la participación directa de logias masónicas formalmente constituidas. En esta época se registra la existencia de algunas agrupaciones que pudieran denominarse como “paramasónicas” las que tuvieron la forma, los procedimientos y el secreto de las logias masónicas pero que diferían en su objetivo, ya que en este caso los fines eran de estrategia política. Como ejemplo de estas se suele nombrar la logia de los Caballeros Racionales y la logia Lautaro.
Volviendo a España digamos que Fernando VII, tras recuperar su trono y perder las colonias en América, se había convertido en paladín de la lucha antimasónica, no obstante que su control era feble y la masonería se extendía secretamente a sus espaldas tanto en las esferas del Ejército y la Marina como en la sociedad civil. Cuando muere Fernando VII –el 29 de septiembre de 1833–, su viuda, la reina María Cristina de Borbón, decreta la amnistía en favor de los masones, aunque manteniendo –por lo menos en la forma– la prohibición de sus actividades, con lo cual la Gran Logia debió disolverse, pero dando paso poco tiempo después al Gran Oriente de España, el que se declaró liberal-radical y anticlerical.